jueves, 1 de junio de 2017

Crítica: Colossal (2016) Dir. Nacho Vigalondo

El monstruo interior


Las películas de monstruos — el llamado Kaiju japonés — se basan principalmente en mostrar la destrucción, el caos y los estragos de una ciudad presa por los ataques de bestias gigantescas. Es un género aparentemente discreto en cuanto interpretaciones, pero que en el mayor de los casos presenta al ser humano como poco más que un obstáculo insignificante frente al paso firme y devastador de estos seres primitivos. El gran protagonista es inevitablemente el monstruo y su instinto insaciable de derribar cualquier edificio, avión, tanque o monumento histórico de turno.

Sin embargo, si King Kong era en realidad la ejemplificación cabal del avance de la civilización y el desplazamiento del hábitat natural de los animales salvajes, mientras que Godzilla era la representación del miedo japonés a un nuevo bombardeo atómico post Hiroshima y Nagasaki, qué pasaría si la aparición de una de estas criaturas se debiera simplemente a la proyección de la angustia y la impulsividad de una persona autodestructiva.

Esta premisa freudiana y delirante es la que toma Colossal, el último film del español Nacho Vigalondo, para profundizar aún más la idea del demonio interior que todos llevamos dentro como una especie de materialización de los traumas emocionales. Acostumbrado a las producciones indies osadas y adepto a la ciencia ficción de bajo presupuesto, Vigalondo toma las bases del ya mencionado Kaiju para convertirlo en una comedia dramática en donde los monstruos son el resultado del alcoholismo y las relaciones problemáticas de la protagonista, Gloria (excepcional Anne Hathaway), una bloguera en decadencia y con graves problemas de autoestima en plena crisis de los 30.



La historia comienza en Nueva York cuando, tras otra borrachera sin sentido, el novio de Gloria (Dan Stevens) rompe con ella y la echa de su casa. Sin lugar a donde ir, Gloria regresa a su pueblo natal para vivir en la casa vacía de sus padres únicamente con un bolso, un colchón inflable y la culpa de ver como su vida va perdiendo el rumbo. Allí se encuentra con Oscar (Jason Sudeikis), un amigo de la infancia quien pronto la ayuda a comenzar de nuevo ofreciéndole un trabajo en el bar del que es dueño, pero más importante, recuperando su amistad y escuchando su catarsis. En cualquier otra película esto significaría el comienzo perfecto para una comedia romántica, pero por suerte el guión de Vigalondo tiene otros planes.

Al día siguiente, y con la resaca del reencuentro todavía presente, Gloria se entera que una enorme criatura apareció repentinamente en Seul generando el caos y destruyendo cuanto edificio tuviera por delante, para luego desaparecer sin explicación otra vez. Este suceso se repite todas las noches y el pánico de la capital surcoreana se apodera de todas las cadenas de noticias tratando descubrir las razones por las que este ser humanoide apareció precisamente allí y el porqué de su comportamiento tan errático. De todas formas, no pasa mucho tiempo hasta que Gloria se da cuenta horrorizada que la conexión que la une a este monstruo forma parte de su pasado y que es ella misma quien lo controla sin darse cuenta.

A esta altura la metáfora sobre el alcoholismo y sus consecuencias es bastante evidente, incluso sin hacer que la protagonista emprenda un viaje espiritual sobre la explicación real de la existencia de esta criatura, el film prefiere dedicar su tiempo para hacer hincapié en lo que significa ese lado oscuro en la personalidad de Gloria y en la manera que esto afecta a su círculo. Algo muy acertado y más interesante que el verdadero origen del enlace y la elección de Seul en particular como escenario. Es así que cuando el argumento devela eventualmente este misterio ya resulta innecesario y casi redundante, teniendo cuenta que la excelente narrativa y las analogías del Kaiju con la autodestrucción emocional ya son suficientes para comprender lo que sucede en su cabeza.



Esto justamente es en lo que se destaca el film, en la naturalidad con la que se toma esta premisa absurda y se convierte en un análisis de las emociones mucho más profundo de lo que parece a simple vista. Anne Hathaway interpreta uno de los mejores papeles de su extensa carrera y dota a Gloria de una sensibilidad entrañable con la que trata de salir adelante en el desorden que generan sus decisiones, pero sin dejar de lado su independencia como personaje femenino.

En este caso, lo mejor de su interpretación es la forma en la que se hace cargo de sus errores, mostrando una independencia poco común en el cine a la hora de pedir ayuda, como también para afrontar la idea de que ella es la mayor responsable de sus problemas. Algo que rivaliza de gran manera con la impronta de Sudeikis, que por fuera del encasillamiento de su época SNL, aquí desarrolla con solvencia un personaje conformista y potencialmente resentidopor la frustración de nunca haber perseguido sus metas.



La complicada relación de ambos protagonistas es el principal recurso en el que se apoya Vigalondo para que algunas escenas cobren una magnitud demoledora, tal como sería ver a un gigante destruyendo torres a su paso, pero mostrando la fragilidad emocional de sus personajes. Un recurso por demás original para re-imaginar un género fantasioso y marginado como es el de monstruos, en una deconstrucción de la comedia romántica, la complejidad de las relaciones humanas y el machismo tóxico.

Posiblemente la idea de que un lagarto o un robot gigante aparezcan espontáneamente para destruir ciudades enteras pueda resultar demasiado irreal para algunos, aunque no está de más que Colossal invite a pensar por un momento que el monstruo se encuentra mucho más cerca de lo que creemos.


Crítica publicada originalmente el 1 de Junio de 2017 en Proyectorfantasma.com.ar

domingo, 7 de mayo de 2017

Crítica: Pinamar (2016) Dir. Federico Godfrid

Volver a casa


Los balnearios fuera de temporada tienen ese dejo nostálgico propio del que sólo los visita en verano. Un escenario melancólico, gris y deshabitado capaz de rescatar recuerdos de la niñez, como también de forzar reencuentros y concretar amores perdidos. Por eso, no es casual que el director Federico Godfrid, como tantos otros en el nuevo cine argentino y latinoamericano, haya elegido la costa en invierno como testigo para contar una historia simple y emotiva, de esas que interpelan al espectador desde la identificación y la fibra sensible con una sencillez que conmueve.

Pinamar narra el regreso de Pablo y Miguel (Juan Grandinetti y Agustín Pardella), dos hermanos de veintipocos, a la ciudad costera con la intención de dejar allí las cenizas de su madre y cerrar de alguna manera el luto vendiendo el departamento en el que tantos recuerdos de vacaciones quedaron guardados. Sin embargo, no pasará mucho tiempo para que los roces entre hermanos comiencen a aflorar, a la par que reaparecen lugares, fotos y amistades que aluden a tiempos más felices, siendo la presencia de Laura (Violeta Palukas), un viejo amor de ambos en la adolescencia, lo que genere el mayor quiebre entre ellos.

“Yo no vine a pasarla bien”, le dice Pablo a su hermano cuando este lo incentiva a pedir parte de enfermo en el trabajo, y así descansar unos días más. La diferencia en la manera en que cada uno sobrelleva el dolor de la pérdida es lo que marca dos personalidades radicalmente opuestas, reflejadas en la actitud introvertida y contemplativa de Pablo y la espontaneidad y verborragia de Miguel. Algo que incluso se complementa en los momentos que Laura está cerca, generando una tensión sexual de la que ninguno se hace cargo.

Godfrid demuestra en su primera película en solitario — ya había codirigido con Juan Sasiaín La Tigra, Chaco (2009) — que la dirección de actores es su fuerte. Es así, que entre la gestualidad de Grandinetti y Pardella como partícipes de una dinámica de hermanos tan natural como entrañable, y la impronta solitaria de una Pinamar fantasmal, detenida en un invierno eterno y nostálgico, se construye una pequeña historia sobre la importancia de los vínculos y la dificultad de emprender nuevos comienzos. Pero fundamentalmente en la magia de decir mucho con tan pocos recursos es lo que hace que Pinamar sea tan disfrutable.




Crítica publicada originalmente el 5 de Mayo de 2017 en Proyectorfantasma.com.ar

Crítica: Guardianes de la Galaxia Vol. 2 (2017) Dir. James Gunn

La segunda vuelta


En la actualidad, parece que no hay nada más condenable que una historia de superhéroes que se toma demasiado en serio a sí misma. Sólo hay que ver cómo DC continúa buscando su propio camino cinematográfico para darse cuenta que la impronta oscura y solemne de Zack Snyder va perdiendo de a poco su carisma. Asimismo, probablemente sea esa una de las razones por las que Guardianes de la Galaxia se haya convertido en un éxito instantáneo – uno de los tantos que acarrea Marvel – cuando desembarcó en los cines hace ya tres años.

Escenas de acción coreográficas combinadas con un torbellino de CGI, diálogos autorreferenciales y una banda sonora excepcional acorde con la nueva ola de nostalgia ochentosa, aseguraban que la nueva IP del gigante comiquero llegara para quedarse. Sin embargo, siempre es difícil repetir el componente sorpresa cuando se trata de una secuela, y eso es de lo que sufre justamente este Vol 2. Un bis, un rencuentro tan esperado con estos personajes tan carismáticos, como también exigente a la hora de subir aún más la vara de calidad.

Las nuevas aventuras del equipo liderado por Peter Quill (el paródico Star Lord de Chris Pratt) y secundado por la guerrera Gamora (Zoe Saldana), el ingenuo Drax (Dave Bautista), el revoltoso Rocket (Bradley Cooper) y – el ahora devenido en víctima del marketing – baby Groot (Vin Diesel), empieza de la misma forma caótica que sus disímiles personalidades: Con una batalla épica frente a una bestia de proporciones colosales. Sin mucho contexto y con Mr. Blue Sky de Electric Light Orchestra a todo trapo, esta introducción presenta una plena declaración de intenciones del director James Gunn para garantizar que el estilo dinámico y desenfadado de la primera parte se mantendría intacto. Y, a decir verdad, la mayor parte del tiempo lo logra.



El primer cambio rotundo que se nota en esta segunda entrega de Guardianes de la Galaxia es el papel preponderante que toma el rol de la familia, los lazos fraternales, y es lo que se plantea como principal hilo argumental. Si el primer film pretendía ahondar en la formación del grupo y en la manera en que se desarrollaría la confianza mutua de los protagonistas, en esta ocasión el eje estará puesto en probar la fortaleza de esta amistad y sus vínculos.

Algo que se obtiene sencillamente gracias al encanto conjunto de los personajes, esa cualidad de poder disfrutar cada una de sus interacciones como si se tratara de una eterna discusión entre amigos. Pero que queda en segundo plano a medida que el guión decide separarlos con la intención de bifurcar la historia, y así profundizar algunos demonios internos del pasado de cada uno de ellos. Una idea más que bienvenida, pero que en gran parte del argumento (digamos 2/3 de la película) queda a mitad de camino, dando lugar a varios conflictos individuales, que, sumado a la incorporación de varios nombres secundarios de peso, termina diluyendo la excelente química en pantalla con la cual el elenco se ganó nuestra simpatía en primer lugar.

No obstante, a pesar de que el ensamble no sea continuo a lo largo del film, es el cariño hacia estos héroes inoportunos lo que posibilita que estos pasajes en solitario funcionen para profundizar sus miedos y motivaciones. Una evolución en sus caracteres que, por un lado resulta atractivo al proponerse complejizar la naturaleza rebelde del conjunto, pero que significa resignar parte de la genial complicidad de sus personajes en el intento.



Dicho esto, es precisamente durante los minutos finales que esos momentos reflexivos, aparentemente discontinuos en la acción y dinámica grupal, convergen para crear una de las conclusiones más emotivas que una película de Marvel pudo haber dado hasta ahora. Un cierre a la altura de sus protagonistas, capaz de reafirmar la unión del equipo y de llevarlos al límite de afrontar las consecuencias de sus hazañas. Nada que no se haya visto antes, aunque pocas veces desarrollado en el género de superhéroes.

Como condimento aparece la riqueza artística con la que el Vol. 2 despliega su universo visual, lleno de vida y color, incluyendo influencias psicodélicas de los 70’ y 80’ para recrear planetas inhóspitos y seres con apariencia lisérgica que enriquecen la variedad del ecosistema en el que viven los protagonistas. Y todo esto acompañado de una banda de sonido soberbia e interminables referencias a la cultura pop como marca registrada, que apelan tanto a la complicidad del fanático como a la del público ocasional.

Guardianes de la Galaxia Vol. 2 es una más que digna continuación a la expectativa que supo crear el primer film con un estilo osado más que propio. Aunque no por eso, sin dejar de lado algunos problemas de ritmo y desarrollo narrativo que la ponen por debajo de su predecesora. Un capítulo más en la mitología que tampoco pretende ser asociado a cualquier otra película del universo expandido (a fin de cuentas, todo se relaciona en el mundo Marvel), pero que funciona por si solo a través de su elenco y su facilidad para moverse entre la acción más desenfrenada, la comedia, e incluso la emotividad con solvencia. Acaso su peor defecto puede que sea su condición de segunda parte, quedando siempre peor parada en la eterna comparación. De eso no hay dudas, las sorpresas solo se dan una vez.




Crítica publicada originalmente el 3 de Mayo de 2017 en Proyectorfantasma.com.ar

viernes, 7 de abril de 2017

Crítica: Maracaibo (2017) Dir. Miguel Ángel Rocca

El espiral de la culpa


Lejos de la impronta de policial o thriller con la que fue mayormente promocionada, Maracaibo es — o intenta ser — una aproximación sensible y emotiva de los eternos desencuentros entre padres e hijos en pleno proceso del camino hacia la adultez, y el inminente nido vacío. La dureza con la que el drama íntimo se presenta en este tercer largometraje del director y guionista Miguel Ángel Rocca es algo netamente conmovedor, un componente emocional que se remonta a su segundo film La Mala Verdad (2010), dejando en evidencia los secretos y tabúes de una familia aparentemente ideal.

Jorge Marrale y Mercedes Morán son Gustavo y Cristina, un matrimonio de médicos de clase media acomodada con pocas preocupaciones cotidianas y el orgullo de tener a su hijo Facundo (Matías Mayer) a punto de recibirse en el campo del cine de animación. Sin embargo, una serie de sucesos harán que la concepción idílica de Gustavo con respecto a su vida se vea completamente alterada. En primer lugar, el descubrimiento de la homosexualidad de su hijo. Algo que lo perturba principalmente por ser el último en enterarse, señalando el desconocimiento y la lejanía de su vínculo padre e hijo, más que por un rechazo homofóbico.

Con la herida todavía abierta y sin poder abarcar el tema abiertamente con su familia, el conflicto interno de Gustavo empeora en el momento que dos ladrones irrumpen en su casa a punta de pistola. No obstante, lo que podría haber terminado en un simple robo se convierte en una tragedia cuando uno de los asaltantes dispara accidentalmente a Facundo y lo hiere de muerte. La desesperación y la angustia del luto provocarán que Gustavo se consuma en una procesión que menos se intuye que tiene que ver con la venganza y más con el sentimiento de culpa al no haber podido comprender a su hijo en vida, afectándole asimismo en la relación con su esposa y amigos.



Jorge Marrale se pone al hombro a un personaje desconsolado por la pérdida, pero reticente a demostrar debilidad. Cada silencio, cada gesto o mirada al vacío retratan el abatimiento de un hombre sin rumbo. Puntualmente en escenas donde se lo ve hurgando entre las pertenencias de su hijo como la única manera que encuentra para traerlo de vuelta, aunque sea a través de un recuerdo. Un sentimiento compartido con su mujer Cristina que, en la piel de Mercedes Morán, significa el único cable a tierra que lo aleja del aturdimiento y un elemento fundamental en la progresión emocional del protagonista.

De todas formas, el guión de Rocca co-escrito con Maximiliano Gonzalez decide desviarse del drama personal en determinado momento, para dar pie a un aspecto más ligado a la búsqueda de justicia y el ajuste de cuentas con los asesinos, perdiendo solidez en el intento, y desandando el camino intimista que tan bien se mostró en la primera parte. En estos compases de thriller, que tienen como protagonista a Nicolás Francella y Luis Machín como los culpables del crimen, es que sus participaciones resultan desaprovechadas en cuanto a contexto y lucimiento de sus personajes. En especial Machín y su facilidad para convertir pequeñas interpretaciones en momentos memorables.

Maracaibo es un film emotivo y doloroso, pero con un gran componente de reflexión sobre los vínculos familiares, la culpa y el eterno conflicto de lo no dicho antes que sea demasiado tarde. Una propuesta audaz que, si bien sufre de algunos desajustes en la fluidez de su segunda mitad y en todo lo relacionado a su faceta policial, tiene en sus momentos de introspección su mayor fortaleza y sensibilidad. Del pozo se sale acompañado parece decir Rocca, y la reconciliación con uno mismo es siempre el primer paso.




Crítica publicada originalmente el 7 de Abril de 2017 en Proyectorfantasma.com.ar

martes, 21 de marzo de 2017

Crítica: Silencio (2017) Dir. Martin Scorsese

Llamado a silencio


Silencio, la última gran producción de Martin Scorsese, no es un film que se pueda comentar fácilmente. Ni siquiera desde una escala numérica que pueda posicionarla por encima o debajo de otras obras – aunque sea partiendo de la extensa filmografía que lo antecede. Silencio es principalmente una declaración de principios, un discurso sobre los ideales más arraigados del director neoyorquino, como solamente él puede expresar. Y todo tiene sentido cuando se tiene en cuenta que este es uno de sus proyectos más longevos, desde que adquirió los derechos de la novela original de Shûsaku Endô a fines de la década del 80’.

Situada en el Japón feudal del siglo XVII, la historia se centra en dos sacerdotes portugueses jesuitas, Sebastião Rodrigues y Francisco Garupe (Andrew Garfield y Adam Driver), los cuales tienen la difícil tarea de buscar al padre Ferreira (Liam Neeson), dado por perdido durante su misionado en el país oriental y de quien se cree que renunció a la fe cristiana obligado por la sanguinaria inquisición japonesa.

La película precisamente comienza con un largo silencio literal, instalando desde ese momento la noción de silencio por fuera de la ausencia de sonido, sino como la falta de respuestas por parte de la religión. El mismo sonido ambiente, fruto de la persecución y la tortura asociada al crujir de las hogueras y al choque de las olas contra los cuerpos echados al mar, que se suma a los gritos de agonía de los cristianos atrapados por el imperio japonés y crucificados en las costas del pacífico, es sinónimo de temor y sufrimiento, consecuencia de una de las resistencias culturales más brutales de la historia moderna.



El panorama de desamparo que sienten Rodrigues y Garupe apenas llegan a Japón y son testigos de los salvajes tormentos que les esperan si son descubiertos, es el mismo que se transmite a través de los hermosos paisajes neblinosos nipones, despojados de encanto y saturados de contrastes de luces y sombras, que contagian la desesperación de los creyentes al no encontrar explicaciones divinas frente a tanto sufrimiento.

Sin embargo, Silencio no es una película acerca de la pérdida de la fe ni tampoco se refiere al enigmático silencio de dios frente a las crueldades de un mundo injusto, sino que casualmente rinde homenaje al triunfo lógico de la religión católica, a la admirable fuerza de los fieles soportando los constantes ataques de los malvados emisarios imperiales que a base de tortura intentan hacer desaparecer la única verdad universal. Una visión netamente occidental y cristiana que desde un principio omite al budismo como parte de la contienda y que en todo momento se sitúa en el lugar del que viene a evangelizar, y no en el de la cultura invadida. Incluso Japón como escenario es representado esencialmente como un lugar hostil, un pantano infértil y peligroso, como así lo define uno de sus personajes.

Scorsese hace hablar a la verdad absoluta justamente a través de la misma palabra de dios, diciéndole al padre Rodrigues que ceda a la presión japonesa y evite el sufrimiento de sus hermanos.

¿Qué hice, hago y haré en nombre de cristo?”, se pregunta el personaje de Andrew Garfield interpretando el dolor como un simple obstáculo de dios, dejando de lado su rol como misionero para ponerse en el lugar de un elegido por dios, un aprendiz de cristo (el de Scorsese, el de “La última tentación”).



Las diferentes concepciones de dios, desde la mirada oriental y occidental, son al menos brevemente mencionadas y marcan una diferencia conciliadora en la forma en que dos idiosincrasias radicalmente distintas ven a una misma deidad. Sea a partir de un símbolo como la cruz para el católico o la imagen del sol para los japoneses, el signo de la resurrección es el mismo.

Silencio goza de ser una producción espectacular desde lo visual y lo fílmico. Con una brillante fotografía que realza el misticismo de una tierra milenaria atravesada por uno de los períodos más cruentos de su historia, hasta la forma magistral en la que Scorsese dota de simbolismo y visceralidad cada plano, cada rostro teñido de sangre y dolor con el que se grafican las consecuencias de una lucha de credos fundamentalmente territorial.

No obstante, es en el adoctrinamiento católico del film lo que hace que termine cayendo en una propuesta superficial y carente de sentido crítico, llegando en último término a justificar el intento de dominación cultural del cristianismo en oriente. Con dedicatoria aparte a los feligreses caídos durante estas cruzadas.

De todas formas, nada opaca a los casi cincuenta años de filmografía que sostienen la mirada Scorseseana sobre el pecado y la redención en sus conflictuados mafiosos, matones y estafadores protagonistas. En pocas palabras, la genialidad del maestro todavía sobrevive por fuera de sus creencias.






Crítica publicada originalmente el 19 de Marzo de 2017 en Proyectorfantasma.com.ar

viernes, 17 de marzo de 2017

Crítica: Primero Enero (2016) Dir. Darío Mascambroni

Padre/hijo


Un padre recién separado y su pequeño hijo Valentín emprenden un último viaje juntos hacia la sierra cordobesa con la excusa de aprovechar la casa de veraneo antes que sea vendida. Sin embargo, un aire de tristeza y melancolía recorre lo que debería ser un momento en común que estreche el singular vínculo padre-hijo, mientras que cada paseo, cada experiencia compartida proveniente de las enseñanzas varoniles que pasan de generación en generación (desde plantar un árbol hasta aprender a jugar al truco), terminan invadidos por la angustia del niño al extrañar a su madre y los silencios de su padre al no saber cómo explicar el divorcio a un chico.

Con paso reciente por la Berlinale, y luego de ganar la competencia argentina del pasado BAFICI, Primero de Enero, la ópera prima del cordobés Darío Mascambroni retrata de manera sutil y sensible tanto la despedida de la casa familiar, con varios de sus recuerdos latentes en cada uno de los adornos y muebles, como también el quiebre para el pequeño a la hora de afrontar la idea de que sus padres ya no estarán juntos. Algo que se manifiesta en la forma que el chico se rebela frente a las actividades propuestas por su papá, siendo estos pequeños conflictos su única forma de desahogo.

La bella fotografía de los cerros cordobeses ilustra un complemento ideal a la esencia de nostalgia que caracteriza al film que, sumada a la especial empatía de estos padre e hijo en la vida real, hacen de Primero Enero una experiencia conmovedoramente triste.

En un momento el pequeño Valentín se encuentra con una niña en las orillas del río. Ella le dice “Es la primera vez que vengo acá”. “Yo la última” contesta él mirando afligido al suelo. Las despedidas siempre son difíciles.

Nuestra entrevista con el director






Crítica publicada originalmente el 17 de Marzo de 2017 en Proyectorfantasma.com.ar

jueves, 23 de febrero de 2017

Crítica: Fragmentado (2017) Dir. M. Night Shyamalan

El hombre de las 23 caras


Adivinar el giro final de una película de M. Night Shyamalan, sólo con ver el tráiler, es casi una competencia cuando recién aparecen los avances de uno de sus nuevos proyectos.

Esencialmente, Shyamalan creó un género propio en sí mismo con la irrupción de Sexto sentido (1999), El protegido (2000) y Señales (2002): personajes masculinos endebles que enfrentan crisis existenciales a la par de conflictos con aura paranormal. Fantasmas distraídos, superhéroes de carne y hueso o alienígenas fóbicos al agua, todos son representados con la misma seriedad y pragmatismo que las habituales vueltas de tuerca en sus películas. La fórmula pocas veces cambia y, por sobre cada mensaje espiritual y medioambientalista, más parece aferrarse a sus convicciones cinematográficas. Y, a decir verdad, en tiempos donde reina el exitismo masivo, es casi una cualidad de este realizador amado/odiado por sus manierismos.

Sin embargo, de todas sus propuestas ambiciosas, Fragmentado (2017) es lo más parecido a un equilibrio, entre lo que alguna vez supo insinuar el director indio en sus inicios a base de planos osados, y la vibra siniestra característica de sus films más experimentales. Algo que si bien ya se podía ver en la más que aceptable Los huéspedes (2015), no dejaba de ser una propuesta en piloto automático.



En este caso, la libertad artística se hace valer desde un primer momento. Aquí, la mirada Shyamalanesca del thriller psicológico deja de focalizarse en la construcción del giro final para hacer hincapié en el desarrollo de personajes, y por primera vez el giro aparece desde el comienzo como principal premisa: El villano tiene múltiples personalidades y no es ningún secreto.

El secuestro de tres adolescentes, Casey (Anya Taylor-Joy, luego de su gran debut en The Witch), Claire (Haley Lu Richardson) y Marcia (Jessica Sula), es el mero disparador inicial para que su captor Kevin (James Mcavoy) comience a demostrar progresivamente su locura a través de nada menos que 23 personalidades. Cada una con sus propias características y pensamientos únicos, el foco no está puesto únicamente en predecir qué tipo de secretos nos depara cada uno de sus álter egos, sino también en la relación de éstos con sus víctimas.

Desde la obsesividad compulsiva de Dennis y las fantasías del aniñado Hedwig, hasta los sofisticados modales de Patricia y la sensibilidad de Barry, Mcavoy realiza una labor excelente a la hora de encarnar esta multitud de identidades tan dispares — incluso llegando a cambiar de una a otra en un mismo diálogo — y se aleja aún más de los papeles acartonados que alguna vez lo lanzaron a la fama. Situaciones absurdas, como una coreografía de Kanye West, acaban aportando otro sentido cuando el actor escoces logra transmitir una impronta tanto patética como aterradora.



De todas formas, Fragmentado no está exenta de los clásicos vicios pretenciosos de Shyamalan como cineasta. Parte de su particular estilo — ya ni siquiera se pueden considerar falencias cuando ya es notorio que viene a ser algo intencional –, los ya conocidos discursos híper explicativos y las acciones inexplicables de ciertos personajes terminan combinándose con estilizados planos subjetivos y perspectivas claustrofóbicas que contagian la paranoia del encierro.

Todos estos elementos convergen para ir sumando, de a poco, más incógnitas a las verdaderas intenciones de Kevin (o de algunos de los entes que conviven en su cabeza), al plan de las chicas para escapar, y fundamentalmente al escenario macabro que producen estas personalidades al interactuar entre sí, poniendo el límite de lo humano en juego. Shyamalan mantiene vivo el misterio hasta los créditos finales y resignifica en última instancia todo lo que se venía contando hasta el momento, atando cabos que ni siquiera se habían planteado desde un principio.

Probablemente estemos en condiciones de decir que el realizador indio haya logrado recuperar su mejor forma desde sus primeras colaboraciones con Bruce Willis. ¿Quién sabe? Con suerte hasta podríamos verlos juntos de nuevo.




Crítica publicada originalmente el 23 de febrero de 2017 en Proyectorfantasma.com.ar