sábado, 27 de agosto de 2016

Crítica: Amigos de Armas (2016) Dir. Todd Phillips

La guerra de escritorio


Sin dudas, la industria bélica es uno de los productos más asombrosos que pudo haber creado el imperialismo norteamericano dentro de su poderío económico mundial. Sólo los sabios iletrados estadounidenses son capaces de vender todo tipo de guerras – e ideologías – por medio oriente con la misma facilidad que una cajita feliz encandila al sobrino más revoltoso. Pero desde la explotación desvergonzada de la libertad para portar armas de fuego hasta la sencillez con la que cualquiera puede romper su sistema infalible de libre mercado, ningún período representa mejor estos ideales huecos que la gestión Bush en pleno post 9/11.

Sin embargo, tampoco es cuestión de ponerse a estudiar a fondo el contexto yanqui para darse cuenta que la trama de Amigos de armas (2016) no puede ser tan real como inverosímil. Incluso con la dirección de Todd Phillips (célebre cráneo de la trilogía Hangover), el relato de cómo dos veinteañeros estafaron millonariamente al ejército de los Estados Unidos con armamento defectuosodeja de ser una solemne denuncia a los tejes y manejes de las licitaciones militares, para convertirse en una buddy-movie vibrante con varios elementos del universo Scorseseano.

Basada (a grandes rasgos) en un artículo de la revista Rolling Stone, la epopeya de David Packouz (Miles Teller) y Efraim Diveroli (Jonah Hill) que los llevó a convertirse en los líderes indiscutidos del tráfico de armas es el equivalente bélico de lo que Adam McKay replicó magistralmente hace unos meses en La Gran Apuesta (2015) con el llamado crack económico. Sólo que aquí reemplazamos las acciones de Wall Street por ametralladoras AK-47. Prácticamente nadie podía quedarse afuera entre las miles de contrataciones militares diarias que surgían como producto de la invasión estadounidense a Irak, y eso justamente es lo que se ve reflejado en la vorágine con la que los protagonistas disfrutan de su éxito repentino.



Pero todo el dato duro de los métodos de distribución, finanzas fraudulentas y técnicas de comercialización se hacen a un lado cuando la voz en off de David, con sus epifanías al mejor estilo Godfellas (1990), es la encargada de llevar adelante la narrativa como si tratara de la crónica de una muerte anunciada. Estas versiones ficcionalizadas de Packouz y Diveroli son el prototipo del mismo tipo de derroche que Jordan Belfort hacía gala en El Lobo de Wall Street (2013), del cual no solamente toma prestados los delirios de Jonah Hill, sino también la facilidad con la que Scorsese hace que nos encariñemos con personajes moralmente repulsivos.

El magnetismo que genera el dúo principal funciona en gran medida gracias a la química que desarrollan estos dos amigos dispuestos a todo con tal acceder a lo más alto del mercado armamentístico. Sea escapando de la guerrilla por las rutas de Bagdad o realizando tratos con los resabios soviéticos en Albania, todas estas situaciones se viven como una travesura digna del anecdotario más curioso.

No obstante, mientras que Miles Teller queda un poco desaprovechado – más todavía si se lo compara con su papel de Whiplash (2014) – dentro del carácter pasivo y casi servicial de Packouz, es Jonah Hill quien se luce a la hora de encarnar a Efraim como un verdadero psicópata y dirigir el verdadero ritmo del argumento. La personificación del actor es tan cautivadora que hasta su risa ridícula (cercana a un chillido) funciona como un signo de exclamación en los momentos más tensos. Momentos en donde no hay vuelta atrás y se ve cómo un Efraim calculador decide destruir o traicionar al que tiene enfrente sólo por un comentario desafortunado.

“La guerra es un sector más de la economía” se afirma varias veces durante el film, tal como lo hacía Nicholas Cage en El Señor de la Guerra (2005). Amigos de Armas cuenta con una visión políticamente incorrecta de los conflictos armados, que casi minimaliza totalmente la tragedia implícita que significan los campos de batalla. Algo que resulta difícil de olvidar si se trata de racionalizar demasiado en una película que más que imponer una moralina antibélica, intenta divertir sin muchas pretensiones.

Al fin y al cabo los criminales siempre pagan, y eso es algo que Hollywood se encarga de aclararlo en los primeros cinco minutos.





Reseña publicada originalmente el 28 de Agosto de 2016 en Proyectorfantasma.com.ar

Crítica: Escuadrón Suicida (2016) Dir. David Ayer

Colores y fuegos artificiales


Las comparaciones entre DC y Marvel siempre son odiosas cuando se trata únicamente de gustos personales. Está claro que ponerse a discutir sobre eso sería el equivalente a un eterno Boca/River que jamás va a tener solución. Sin embargo, lo primero que surge a simple vista cuando hablamos del incipiente universo cinematográfico DC es la imperiosa necesidad de ponerse a la par de su rival directo lo antes posible, cueste lo que cueste. Aunque esto signifique condensar la prolija planificación de más de una docena de películas en sólo tres.

Después del fiasco que resultó Batman Vs Superman: Dawn of JusticeSuicide Squad (2016) generaba otra vez una expectativa sin igual a través de la confirmación de un elenco de primer nivel, sumado a los cientos de filtracionessobre la historia, los probables cameos y las noticias de Jared Letoregalándole cosas raras a sus compañeros. Y si encima los tráilers – uno mejor que el otro – no hacían más que prometer aún más desenfreno y locura por parte de estos villanos emblemáticos, no había dudas de que la Warner Bros. se proponía conquistar definitivamente al público esquivo y la crítica por igual.Ahora el interrogante está en saber si realmente lograron estar a la altura de las circunstancias, incluso después de enterarnos que existen seis o siete versiones finales de la película.

El film dirigido por David Ayer (End of Watch, 2012, Fury, 2014) se sitúa precisamente después del enfrentamiento entre el caballero de la noche y el hombre de acero, en un mundo con la misma preocupación de enfrentarse a fuerzas todopoderosas capaces de destruir la Tierra en un abrir y cerrar de ojos. Para evitar esto y que cualquier meta-humano de turno sea el próximo en borrarnos del mapa, el gobierno de los Estados Unidos le encomienda a la jefa de inteligencia Amanda Waller (Viola Davis) la tarea de crear un grupo de los peores criminales de Ciudad Gótica y así usarlos como carne de cañón en las misiones más peligrosas, a cambio de una reducción en sus cadenas perpetuas.

Este conjunto de inadaptados compuesto por Deathshot (Will Smith), Harley Quinn (Margot Robbie), Killer Croc (Adewale Akinnuoye-Agbaje), Diablo (Jay Hernández), Boomerang (Jai Courtney) y Slipknot (Adam Beach) será el equipo titular liderado por el militar Rick Flag (Joel Kinnaman) y su segunda al mando Katana (Karen Fukuhara) encargado de luchar contra una nueva amenaza sobrenatural de proporciones colosales. A ellos se le suman Jared Leto como una nueva encarnación del Joker más ligada al crimen organizado y Cara Delevingne bajo la dualidad de la científica June Moone, novia de Flag, y el espíritu ancestral que la posee, Enchantress.



De todas formas, Suicide Squad es un film que se vende mejor por sus avances e imágenes promocionales que por su verdadero producto final. Varios momentos épicos se adelantaban durante la extensa campaña de marketing que precedió al estreno. Pero a pesar de suceder exactamente igual que en los tráilers, varias de estas situaciones se develan apenas pasados los primeros cuarenta minutos de la historia y tampoco de la mejor manera.

Esto se debe en gran parte a la irritable y fracturada edición de la película que hace de la historia un simple álbum de fotos. Como si hubieran tomado las mismas escenas inconexas de los anuncios publicitarios y las apilaran, una arriba de la otra, hasta cubrir las dos horas de duración. Algo que se termina traduciendo en una sumatoria de flashbacks salpicados y meta-referencias por doquier, sin ningún tipo de desarrollo argumental definido más que pasar de una secuencia de acción a otra.

Por otro lado, el ya mencionado apuro de DC por igualar el mismo recorrido de cinematográfico de Marvel hace que la narrativa se mueva a un ritmo torpe y vertiginoso, sobreentendiendo varios giros en nombre de los fans comiqueros y omitiendo la necesidad de aportar motivaciones reales a esta banda de criminales, más allá de una improbable liberación. La violencia y la alienación esperable de estos marginados en esencia quedan patentes en una conclusión que los acaba poniendo inevitablemente en el lugar de héroes. Incluso para un desquiciado como el Joker.

Y justamente hablando del Joker, esta nueva personificación de Jared Leto tampoco está a la altura de lo esperado. Esto no es culpa de Leto, quien ya ha demostrado que su método actoral es digno de reconocimiento, sino por la impronta genérica que irradia el personaje si la comparamos con el carácter anárquico del interpretado por Heath Ledger o el sello grotesco acuñado por el de Jack NicholsonEn esta versión, el Joker es simplemente un mafioso, el líder de una pandilla armada que roba bancos y regentea un strip club. Algo que en definitiva puede ser la señal identificatoria de cualquier villano, pero que no se reconoce en el arquetipo del caos con el que siempre se lo asoció.

En la misma vía aparece Harley Quinn, cumpliendo un rol casi funcional como un mero dispenser de remates. Su locura es solamente una pose artificial e ingenua, que no llega a hacer justicia con la verdadera naturaleza impredecible y desequilibrada del personaje. Sin embargo, eso no quita quedentro de esta caracterización unidimensional, Margot Robbie se las ingenie para encantar con su magnetismo y simpatía en cada una de sus intervenciones.



Fuera de este dúo protagónico el resto del elenco corre más o menos la misma suerte, pero con la diferencia de sufrir una mayor carencia de desarrollo y profundidad. En esta cuestión se puede discutir la participación anecdótica de Jay Courtney como Boomerang, la escasísima presencia del Killer-Croc de Adewale Akinnuoye-Agbaje, la medida displicencia de Joel Kinnaman para ponerse en la piel de Rick Flag y el reduccionismo que el mismo guion ejerce sobre el personaje de Cara Delevigne a lo largo de la trama. A lo sumo se podría destacar un poco más a Jay Hernández, quien tiene sus momentos de protagonismo honroso como el piromaníaco Diablo.

No bastante, las únicas excepciones a esta regla son Will Smith y Viola Davis.Ambos personajes exponen todo el temperamento y personalidad que carecen el resto de sus compañeros de segunda línea. Este Deathshot humanizado es una mezcla entre el padre sensible de The Pursuit of Happyness (2006) con el carisma del Capitán West de Wild Wild West (1999). Es prácticamente Will Smith haciendo de sí mismo y eso es algo que sorprendentemente le queda bien al personaje. Por su parte, Viola Davis como la despiadada Amanda Waller puede que sea fácilmente de lo mejor del film. Su papel es tan intenso que logra opacar como verdadera villana a los mismos delincuentes que ella reclutó.

Suicide Squad se convierte en una decepción más dentro del intento de consolidación de DC en el cine. Toda la rebeldía y la originalidad que venía prometiendo desde su anuncio (allá por 2014) fue algo que quedo bastante desdibujado a partir de la incertidumbre de Warner, al no saber cómo encontrarle la vuelta a estos icónicos personajes. La filmación de escenas a poco tiempo del estreno y la cantidad de cortes de difusión pueden que sean la mayor prueba de esta indecisión empresarial. Sin embargo, el despliegue visual de esta producción y lo entretenida que llega a ser por momentos, son justamente las claves para que cada uno vaya a verla y pueda juzgar por sí mismo. Ahora la esperanza está en el Batman de Affleck.





Reseña publicada originalmente el 13 de Agosto de 2016 en Proyectorfantasma.com.ar

Análisis: Stranger Things (2016)  -  Lo mejor y lo peor de una época


Este análisis contiene SPOILERS


La génesis del fenómeno



La ficción cambió, al igual que la forma de consumirla. Incluso nosotros como público hemos cambiado. Pero la nostalgia sigue intacta. Parece ingenuo hablar de esto cuando todos tenemos bien en claro que el gigante Netflix sabe lo que nos gusta antes que nosotros mismos lo sepamos. Bienvenidos a la tardía generación dorada del streaming. Y sin embargo, conservamos la misma inocencia para sorprendernos una y otra vez cuando sus producciones originales apuntan precisamente a las emociones que ahora mismo el cine comercial sólo nos puede brindar de vez en cuando.

Stranger Things es el fenómeno más reciente de este tipo de fan service infalible que nos cautiva hasta el punto del fanatismo inmediato e incondicional. ¿Pero cómo no fanatizarse? Si hablamos de una serie hecha con todo el amor y devoción por los maestros cineastas más influyentes de nuestra época; plagada de referencias a la música popular y las películas que marcaron una época cultural bisagra entre los 70’ y 80’; construido en un universo propio donde el homenaje se transforma en una especie de cita generacional capaz de reflotar un estilo narrativo olvidado, a través de la actualización de diversos géneros como el terror, la ciencia ficción y la aventura; con personajes entrañables y una estética fascinante, puestos al servicio de la materialización de la nostalgia más pura en la forma más eficaz: reviviendo las mismas experiencias que sentimos de chicos (y no tanto) al ver films como Alien (1979), E.T. (1982), Close Encounters (1977), Carrie (1976), The Thing (1982) o A Nightmare on Elm Street (1984), entre muchas otras.


No cabe duda que esta fórmula seguida cuidadosamente por sus creadores,los hermanos Duffer, es la raíz del rotundo éxito que viene cosechando el ciclo dentro del campo batalla que significan hoy en día las redes sociales y el frenético boca en boca. Un 2+2=4 casi irreal, digno de una fábrica de gallinas de huevos de oro que nos lee la mente de antemano. Y todo gracias a esa fabulosa nostalgia. Esa dichosa y embriagadora nostalgia, que nos obliga a ver sólo el bosque y no los árboles, mientras nos dura la efervescencia de descubrir nuestra nueva serie favorita.

El universo verosímil

Bárbara despierta todavía un poco desorientada después de la caída. El horror se presiente a través del reflejo de sus anteojos de marco grueso, en tanto apenas atina a vomitar por la conmoción de traspasar los límites de nuestro universo conocido. Hace frío. Demasiado frío teniendo en cuenta que es Noviembre, y que los otoños en Hawkins, Indiana, son ya de por sí bastante crudos. Sin embargo este frío es distinto, como si viniera desde lo más profundo de sus entrañas, una sensación aterradoramente gélida que la recorre hasta la punta de los pies al igual que una descarga eléctrica.
Al parecer cayó en una especie de pozo, parecido a una madriguera y con las paredes atestadas de una sustancia desagradablemente viscosa y resbaladiza. Poco a poco todo va cobrando sentido. La forma cóncava, el trampolín, ¡se encuentra en la pileta de Steve! Aunque parezca una versión mucho más retorcida y macabra de esta.
Con dificultad, Bárbara se pone de pie para darse cuenta que no está sola: una criatura monstruosa sin rostro y con aspecto humanoide se encuentra justo detrás de ella, preparada para efectuar su ataque más mortífero. Aterrorizada grita con todas sus fuerzas en busca de ayuda, mientras intenta escapar de ese organismo deforme subiéndose por la escalera clavada en la pared pegajosa. El esfuerzo es en vano porque nadie puede oírla de nuestro lado, ni siquiera su mejor amiga Nancy que está más preocupada en besarse con Steve. Ya sin fuerzas, Bárbara se deja caer en las garras de su captor. Los rugidos de la bestia y sus aullidos de dolor se pierden en la inmensidad del silencio de una dimensión paralela.
Esta escena con la que comienza el tercer episodio de la serie, condensa de manera magistral el grado de profundidad narrativa que se llega a lograr cuando se permite que la acción fluya sin apuros, en tiempo y forma. Es justamente en este momento donde se descubre la verdadera naturaleza del otro lado como un reflejo siniestro de nuestra realidad, y casi que funciona como una declaración de principios al aumentar el nivel de tensión y violencia en cuanto al futuro inmediato de los personajes. Este giro nos daría la pauta de un acercamiento mucho más adulto y oscuro para con el resto de la historia, que a pesar de algunos desequilibrios, termina mostrando su mejor cara al profundizar en el pasado turbulento de la pequeña Eleven como sujeto de experimentación militar.



El elaborado entramado de hechos que componen la cronología de Stranger Things, es sin dudas una de las grandes razones por las que el programa resulta original entre tantas referencias y homenajes conocidos. Ya partiendo del contexto de histeria colectiva producida por la presidencia de Ronald Reagan en su batalla contra el denominado imperio del mal que era la Unión Soviética, la serie toma los mejores componentes de la ciencia ficción y el terror para crear un mundo lleno de posibilidades y conjeturas sobre las circunstancias que rodean al descubrimiento de realidades alternas. Sin embargo este trasfondo argumental tan bien logrado, queda opacado en los momentos en donde la historia debe avanzar y lo hace de forma descuidada sin tomarse la brecha necesaria para establecer todas las subtramas como corresponde. Lo que hace que en definitiva se pierda nuestra entrega emocional absoluta frente a los conflictos que suceden.

La reafirmación del universo verosímil es una de las grandes obligaciones que tiene una ficción para validarse como tal frente al espectador. No importa cuán fantasiosa pueda ser una premisa, si su estructura es creíble dentro de los parámetros de la fantasía, somos capaces de creer en engendros interdimensionales y en chicas de doce años con poderes telepáticos como si fueran moneda corriente. La entrega emocional del público frente a estas situaciones o personajes depende en gran medida de la credibilidad que logre el argumento para que nos involucremos. Es nuestro enlace de identificación con los protagonistas y su manera de hacer frente a las adversidades. Sea para admirarlos o para repudiarlos, es necesario que sus reacciones sean lo suficientemente orgánicas para que se ajusten a la delicada frontera que existe entre lo que resulta verosímil y lo que no.

Lo mejor y lo peor de una época



Es así que la última serie de los Duffer Bros. se presenta con grandes cartas sobre la mesa desde lo narrativo, pero fracasa muchas veces a la hora de hacer que sus personajes se manejen de forma creíble y práctica. Esto dicho sea de paso, basándose únicamente en lo que el mismo argumento insinúa desde la misma introducción de cada individuo, con sus respectivas personalidades y motivaciones. De esta manera, por poner un ejemplo, personas que en un principio eran totalmente escépticas cambian su esencia racional de un momento a otro y sin ningún proceso interno aparente, sólo por el hecho de ser funcionales a los hilos visibles de un guion y sus determinadas instancias clave en el argumento.

Dentro de esta concepción, resulta imposible juzgar la reacción de una madre al enfrentar la desaparición física de un hijo, y es por eso que queda fuera de discusión la facilidad con la que Joyce Byers decide ver en sus alucinaciones (reales) que Will sigue vivo en otro lugar y que este puede comunicarse a través de la luz. Sin embargo, a pesar de que todos los síntomas que presenta el personaje de Winona Ryder demuestran una clara y lógica negación de la tragedia, es su hijo más grande Jonathan – quien además tiene que hacerse cargo de los trámites funerarios de su hermano – el que prefiere creer que el culpable de todos sus males es un ser de otra dimensión, sin ningún otro tipo de prueba más que una foto borrosa.

Pero pensemos que el pobre Jonathan decide repentinamente creer en su madre porque el vínculo que los une es demasiado fuerte, y además porque la posibilidad de que Will siga con vida es un deseo muy poderoso en el cual sostenerse antes de caer en la depresión. Quien si no tendría suficientes razones para cambiar su forma de ver la realidad es Nancy Wheeler.



Recapitulando un poco, Nancy tiene grandes motivos para desconfiar de Jonathan por haberla fotografiado en ropa interior y por su actitud esquiva e introvertida, totalmente opuesta a la imagen que intenta simular frente a su novio Steve y sus amigos. Aún con la desaparición de su amiga Bárbara sería un poco apresurado comenzar a confiar en ese pibe raro que anda espiándola a escondidas. Pero poniéndonos otra vez en el campo de las suposiciones, es probable que haya otros factores subyacentes (quizás un interés romántico frustrado por Jonathan) más rotundos que la sombra extraña en una foto, los que la hayan hecho más receptiva a la teoría de un monstruo asesino.

Esto nos lleva a repensar también la forma en que se estigmatiza al monstruo por sobre a los demás villanos, representados por el gobierno norteamericano. Algunos cabos sueltos que se dejan para final de esta primera temporada – adrede o no – hacen que nos preguntemos las razones por la que aparece solo uno de estos feroces organismos; la forma en que se originan, si son mutaciones o la especie autóctona de una realidad temporal distante; y la importancia de los universos paralelos que conforman su hábitat natural. Otro detalle que llama la atención, es que desde un primer momento se infiere que esta criatura actúa desde los instintos más primitivos, a pesar de su contextura bípeda. Y es que no hay indicios de un intelecto desarrollado ya que solamente ataca para alimentarse. Algo que por cierto se asegura que sucede únicamente cuando sus sentidos detectan sangre, lo que significaría que cualquier mínima herida podría ser la causa de una potencial víctima en el pueblo y no solamente las únicas dos (Will y Bárbara) que se vieron hasta ahora durante la serie. Estas y muchas otras dudas permanecerán sin respuesta por ahora.

Pero si continuamos hablando de otras actitudes discutibles e inverosímiles, es necesario remarcar la exagerada irresponsabilidad de los adultos como un común denominador en la población de Hawkins. Recordemos que la situación en el pueblo no es la mejor luego de la desaparición de dos personas y eso se nota en la preocupación de algunos padres al imponerles a sus hijos la condición de que no salgan solos de noche. No obstante, nos encontramos varias veces con el grupo de jóvenes protagonistas paseando libremente en sus bicicletas por las calles desiertas, inadvertidos mientras los persigue abiertamente el FBI con camionetas y armas de fuego. Incluso algunos padres literalmente ausentes como los de Lucas y Dustin hacen pensar que estos chicos no se encuentran en las mejores manos.

Si tenemos en cuenta que el ciclo es un evidente homenaje ochentoso, no sorprende que este recurso de la irresponsabilidad crónica en los padres era muy común en las ficciones de esa época. Para eso no hay más que ver The Goonies (1985) o The Wonder Years (1988-1993) para darse cuenta que los chicos de los 80’ al parecer siempre se criaban solos. Y así y todo eran capaces de hacer frente a cualquier amenaza. Otro de los grandes recursos que nunca faltaban en la década de los neones fluorescentes y que en Stranger Things también dice presente son los niños que hablan y piensan como adultos. Una mecánica tan adorable como artificial, que ayudó en gran medida a construir la carrera de actores prodigio como Fred Savage y Macaulay Culkin.



Este flagelo – si lo podemos llamar de alguna manera – lo podríamos tomar solamente como un guiño simpático sino fuera porque es el fiel reflejo de las mayores faltas al verosímil que intenta sostener la serie de Netflix. No porque Mike, Eleven, Lucas y Dustin no puedan ser lo suficientemente inteligentes para elaborar un plan que traiga de vuelta a su amigo Will. Sino porque los mismos adultos – sean héroes o villanos – actúan de manera absurda e irreal con tal de acelerar el desarrollo del argumento.

Si anteriormente me refería a la escena de la muerte de Bárbara como una de las más idóneas para destacar cuando se respetan los procesos necesarios en los que la acción se puede desarrollar con naturalidad, a continuación se encuentran los momentos en donde sucede todo lo contrario. El caso más representativo es el del comisario Hopper (David Harbour); un policía de lo más experimentado e incorruptible, acechado por el trágico recuerdo de su hija fallecida y dispuesto a resolver el misterio de las desapariciones sin importar el caiga quien caiga. Sin embargo, lo primero que hace al enterarse que la CIA está involucrada en esta conspiración, es infiltrarse en un centro de investigación de máxima seguridad por la puerta principal llena de cámaras y guardias armados, sin medir las graves consecuencias que sucederían si lo encuentran. Pero lo peor de todo esto no es la imprudencia de Hopper al proceder al mejor estilo kamikaze, sino que indefectiblemente lo atrapan, lo reducen en el suelo y finalmente LO DEJAN IR.

Justamente el gobierno de los Estados Unidos; durante uno de los períodos más sangrientos de la guerra fría; en un laboratorio secreto que desarrolla armas para combatir a la URSS; los mismos que en el primer episodio no dudaron en asesinar al cocinero de un bar sólo porque de casualidad se encontró con Eleven; esa misma gente cruel y despiadada es la que lo deja ir siendo el único testigo del proyecto más ultra-clasificado del mundo, y para colmo haciéndole creer que todo fue un sueño.

Justamente el gobierno de los Estados Unidos; durante uno de los períodos más sangrientos de la guerra fría; en un laboratorio secreto que desarrolla armas para combatir a la URSS; los mismos que en el primer episodio no dudaron en asesinar al cocinero de un bar sólo porque de casualidad se encontró con Eleven; esa misma gente cruel y despiadada es la que lo deja ir siendo el único testigo del proyecto más ultra-clasificado del mundo, y para colmo haciéndole creer que todo fue un sueño.

Pero seamos comprensivos una vez más. Pensemos que se levantaron de buen humor y pensaron “Pobre tipo, seguro que está borracho porque se le murió la hija. Mejor lo dejamos ir”. Y que además por eso tuvieron la decencia de no golpearlo mientras lo llevaban a su casa, lo acostaban en el sillón y lo tapaban con una frazada. Está bien, la suerte estuvo del lado de Hopper por una vez en la vida. Seguro que ahora va a ser mucho más cuidadoso y va a planear su entrada con mucha más precaución.

Error. La segunda vez ni siquiera llega hasta la puerta que ya lo atrapan con un foco de vigilancia y se lo llevan para interrogarlo acompañado de Joyce. Bueno, seguro que ahora ya no hay vuelta atrás. No te pueden atrapar dos veces, DOS VECES y que te dejen ir para que se la cuentes a todos tus amigos. Estos tipos a lo sumo te perdonan una vez y con mucha suerte.



Error otra vez. Aunque en esta oportunidad no la pasa tan bien y recibe un par de golpes, LO DEJAN IR DE NUEVO con la condición que no le cuente a nadiesobre los experimentos neuro-psiquiátricos que hacen en el lugar. Si, a pesar de que ya lo pescaron una vez metiéndose en uno de los lugares más protegidos de los Estados Unidos, siguen confiando en que no va contar nada. Y además como premio lo llevan a la otra dimensión para salvar a Will. La verdad que así es un placer que te capture la CIA.

Aunque tampoco es que los del servicio secreto sean tan despiertos para cazar a sus enemigos. Sin ir más lejos, mientras la banda de Eleven y compañía se encontraba terminando los últimos detalles para rescatar a Will, los chicos hacen un tour por la comisaría, la escuela, la casa de los Byers, es decir todo el pueblo, y en ningún momento se les ocurre a los militares ir a buscarlos o poner alguna custodia en ninguno de estos lugares. Además que Hawkins debe tener como mucho una superficie de cincuenta cuadras, así que tampoco estamos hablando de un gran despliegue.


En esos momentos donde el límite sutil de lo verosímil se rompe, se hace muy difícil recuperarlo. De qué sirve revolear un auto por el aire con tus poderes telapáticos si los que te están persiguiendo tienen las pistolas de adorno. A fin de cuentas, lo único que genera este tipo de situaciones es que se pierda la admiración por las hazañas de los protagonistas y el respeto por los villanos. Es verdad que no dejan de ser simples detalles, pero son esas desprolijidades las que hacen que una ambientación y dirección de arte excelentes, con un elenco de primer nivel entre jóvenes talentos y experimentados, sustentado con un universo ficcional tan interesante, visiblemente trabajado y complejo, se terminen transformando en meros elementos de un cuento pasatista.

Un rato más de rodaje


¿Pero cómo pueden ocurrir estos descuidos? Si dentro de un capítulo tenemos a Millie Bobby Brown brillando con luz propia en los intensos flashbacks y al siguiente se decide resolver en 5 minutos que el cadáver de Will es falso sólo por un improbable presentimiento. Será que le estoy exigiendo demasiado una simple serie mediocre con sus lógicos altos y bajos. Quisiera creer que no. Porque si fuera mediocre, no seríamos parte de este fenómeno que la reconoce como una de las revelaciones del año, con una de las mejores bandas de sonido, no hablaríamos de lo capo que es Gaten Matarazzo o de las referencias a Poltergeist (1982) que se nos pasaron por alto la primera vez. Es más, ni siquiera estaríamos discutiendo defectos ni virtudes y Stranger Things habría sido otro de los tantos pilotos olvidados en el tiempo. O algo peor. Podría haber sido como la segunda temporada de True Detective.

Es difícil pensar ahora si con dos o tres capítulos más se podrían haber evitado los cambios de personalidad abruptos, los giros forzados y las resoluciones apresuradas. Aunque indudablemente los Duffer tienen todo el potencial para convertir la próxima odisea de estos simpáticos héroes preadolescentes en un pasaje mucho más orgánico que los muestre juntos otra vez venciendo a sus propios demonios personales.

Stranger Things termina su primera temporada marcando un precedente inigualable en cuanto a la gestación de una impronta única con lo mejor (y peor) de una época, pero deja un sabor amargo, producto de lo extraordinaria que podría haber sido con un rato más de rodaje para cerrar ideas y atar un par de cabos sueltos. Queda mucho todavía para descubrir con qué otro monstruo nos asustarán los Duffer el año que viene. Pero si tuviera que apostar ahora pondría todas mis fichas en Will y sus babosas.



Artículo publicado originalmente el 12 de Agosto de 2016 en Proyectorfantasma.com.ar

domingo, 10 de julio de 2016

Crítica: Florence (2016) Dir. Stephen Frears


Todo por el aplauso


Relatos como el de Florence Jenkins son parte del vasto repertorio de fantasías y mitos que tanto nos fascinan del mundo del espectáculo. La epopeya de una mujer con la ausencia total de talento para el canto lírico, que aún así logra cumplir su sueño de actuar en vivo recibiendo el cariño de miles de personas, y encima en uno de los teatros más representativos de Nueva York, es el equivalente al status de culto que posee actualmente Ed Wood como el peor director de la historia.

Florence, la mejor peor de todas (2016) significa un verdadero desafío para el realizador inglés Stephen Frears – tras la multipremiada Philomena (2013) –,poder no sólo recrear las particulares circunstancias en las que Jenkins se convirtió en un ícono popular de la década del 40’, sino diferenciarse de las exitosas adaptaciones teatrales y su reciente reinterpretación francesa (Marguerite, 2015) sin caer en la mera ridiculización del personaje únicamente al servicio del efectismo de la comedia.

A la par de la historia real, Florence Foster Jenkins (espectacular Meryl Streep) es una acaudalada mujer con el sueño de triunfar como actriz y cantante de ópera. El problema es que su canto es lo más cercano a los graznidos de un ganso y su interpretación escénica tiene la misma trascendencia que una figura de cartón. De todas formas, sus actuaciones tienen un tenor de misterio dentro de la elite artística neoyorkina y cada vez que ella se presenta en alguna sala (siempre pagada con su heredada fortuna) las funciones reciben solamente elogios por parte de los chupamedias de siempre.

Periodistas codiciosos, interesados personajes ilustres del ambiente musical, amigos aristócratas, todos participan a la hora de aclamar los alaridos de la protagonista en el escenario como si fueran coros angelicales. Esto se debe en gran medida a los suculentos sobornos y donaciones que realiza su marido, un tal St. Clair Bayfield (Hugh Grant), que a pesar de haber fracasado como artista – más específicamente como actor – se dedica a tiempo completo a mantener un mundo de ilusión para Florence que le haga creer que tiene una voz y condiciones maravillosas, y de paso aprovecha para vivir cómodo con una amante en un departamento alquilado por su ingenua esposa.

Sin embargo, a ella no le alcanza con actuar en teatros pequeños y con poca gente. Ella quiere cantar a gran escala, demostrarle a todo el mundo ese talento que tanto le enaltece su público selecto. Es así que decide prepararseun poco mejor y contrata como pianista acompañante al joven Cosme McMoon (Simon Helberg), con la intención de presentarse en el célebre Carnegie Hall y que el mundo del arte por fin la conozca. El único inconveniente es que en este caso es imposible sobornar a todo el auditorio, lo que significa que por primera vez los espectadores van a ser totalmente francos con las pobres aptitudes vocales de la señora Jenkins.

Frears nos hace cómplices de esta fantasía feliz en la que vive Florence, rodeada de celebridades del mundo del espectáculo y halagadores compulsivos que sólo buscan su amistad para financiar sus propios proyectos. Algo que dota al personaje de una ternura tal que hace que empaticemos inmediatamente con sus delirios de diva y su impetuosa necesidad por encajar en el esnobismo de la música, pero sin dejar de sentir vergüenza ajena cada vez que comienza a cantar.

Son esos momentos de risa culposa, en donde la adorable incompetencia de la protagonista en el escenario nos da la pauta de que Maryl Streep ya sobrepasó un límite de perfección en cuanto a solvencia actoral. Es increíble – y al mismo tiempo ya no sorprende teniendo en cuenta su record de premios y nominaciones – ver cómo se las sigue ingeniando para reinventarse a nivel interpretativo y logra recrear personalidades tan únicas y dispares como el rol de turno se lo requiera. La absurda facilidad con la que puede emular los chillidos de Florence cantando ópera, sólo se puede comparar con la complejidad que le otorga al personaje cuando se va conociendo poco a poco su penoso pasado.

Aunque Meryl Streep no está sola, Hugh Grant y Simon Helberg son los otros dos ejes principales en los que se asienta la comedia cada vez que les toca ser testigos silenciosos de la egolatría de Florence. Aquí Helberg demuestra una vez más lo versátil que puede ser como actor y comediante, poniéndose en la piel del tímido y apocado pianista Cosme Mcmoon, un rol muy distinto al sexualizado Howard de la ya gastada sit-com The Big Bang Theory. Por otra parte, Grant repite su clásico lugar común de inglés seductor, el cual interpreta casi de memoria entre película y película. Sin embargo son esos mismos modismos de británico sofisticado y pedante, los que hacen de su personaje y sus motivaciones algo interesante de ir descubriendo a lo largo del argumento. Y con el atractivo de posicionarse como una parodia del llamado porte Roger Moore que lo hace aún más divertido de ver. Sin dudas este es uno de sus mejores papeles en años.

Por último hay que rescatar el gran despliegue artístico que conlleva una producción y elenco de estas características. De esta manera, podemos apreciar una ambientación excelsa que representa a la perfección el vocabulario, la estética e impronta exitista de la década del 40’, un periodo convulsionado por la vorágine de la caída del nazismo y la revalidación de la industria del cine y el teatro norteamericano como el canon artístico occidental. En ese contexto de entusiasmo patriótico de la posguerra es que la absurda leyenda de Florence Jenkins deja de ser una simple comedia y se convierte en un documento de época.

Porque si bien la historia de “la peor cantante de ópera que pudo ver el Carnegie Hall” esta ficcionalizada para coincidir con los criterios estilísticos del cine, es el encanto poético del personaje de Florence lo que hace que al final terminemos admirando su incondicional pasión por la música. Aunque la interprete con la peor de las aptitudes.





Reseña publicada originalmente el 8 de Julio de 2016 en Proyectorfantasma.com.ar

miércoles, 22 de junio de 2016

Crítica: Buenos Vecinos 2 (2016) Dir. Nicholas Stoller

Igual pero mejor


Es indudable que, dentro de la nueva comedia americana, son los mismos estereotipos y personajes emocionalmente inmaduros los que dominan la gran escena del género. Desde el derrotero sin fin de Adam Sandler con films como Grown Ups (2010) hasta el nuevo standard de calidad creado por Todd Philips y la trilogía ¿Que pasó ayer? (The Hangover), todos son exponentes en mayor o menor medida del gag efectista e inmediato, sin grandes pretensiones argumentales. Una fórmula que, cuando se pone en práctica, depende principalmente de la dinámica del guion y la química actoral para que los clásicos lugares comunes sean algo anecdótico, más que una falencia para remarcar. Y justamente es en esa singularidad que una secuela tan innecesaria y continuista como Buenos Vecinos 2 (Neighbors 2: Sorority Rising) funciona en lo más importante: Hacer reír.

No nos equivoquemos, la segunda parte de Neighbors (2014) — también escrita y dirigida por el británico Nicholas Stoller — es igual de incoherente y descerebrada que la primera, teniendo en cuenta que la premisa es casi calcada de la anterior y el humor es igual de burdo que cualquier episodio deJackass. Prácticamente no existe ningún aporte significativo que la haga más atractiva para el que está acostumbrado a un humor más elaborado. Dicho esto, podemos decir que el reciclado argumento de adultos vs adolescentes pasa a un segundo plano cuando los chistes y los personajes se complementan de forma ideal.Seth Rogen y Rose Byrne vuelven a ser Mac y Kelly Radner, dos ineptos padres de una nena de dos años y otra por venir, más preocupados en fumarse un porro que en evitar que su hija juegue con un consolador vestido de princesa. Ya pasaron dos años desde aquella batalla contra la fraternidad de universitarios fiesteros liderados por Teddy (Zac Effron) y Pete (Dave Franco) y ahora el mayor anhelo de esta divertida pareja es vender su casa para poder mudarse a los suburbios, aprovechando que la paz volvió al barrio. La única condición es que pasen primero por un período de prueba que convenza a los compradores que no existe ningún inconveniente con la casa ni con los vecinos.Sin embargo, el problema surge cuando otra hermandad de estudiantes desenfrenados son precisamente los nuevos vecinos con los que tienen que lidiar los Radner. Encabezado por Shelby (Chloë Grace Moretz), este grupo de chicas busca romper con las reglas misóginas de la universidad que sólo permiten hacer fraternidades masculinas y para eso intentarán defender sus derechos recién adquiridos a base de música fuerte, alcohol y drogas blandas. Frente a este panorama, la única solución que les queda a Mac y Kelly es aliarse con un viejo enemigo, la única persona capaz de crear como de arruinar fiestas: Teddy.
Al igual que en la primera película, Buenos Vecinos 2 mantiene esa impronta grandilocuente de convertir lo absurdo en algo épico. Los varios enfrentamientos entre ambos bandos son una cuestión de logística militar exagerada que casi siempre terminan en situaciones delirantes cargadas deslapstick y al límite de lo escatológico. Algo que deriva en un humor, que si bien puede parecer gastado en los papeles, encuentra la mejor versión en sus intérpretes.

Tanto Rogen como Byrne son los pilares fundamentales para que cada conflicto concluya por lo general en un buen remate. El guion acompaña pero es la química de este dúo en escena lo que hace que en algunos momentos la gracia provenga más de sus expresiones que de los diálogos. Caso aparte es el de Zac Effron, el cual tomó la mejor decisión de su carrera al dejar atrás su edulcorada imagen de ídolo teen para pasar explotar su faceta cómica parodiándose a sí mismo (aunque no siempre con buenos resultados). Puntualmente en este film, el idiota querible de Teddy es su mejor papel hasta ahora — Aunque corra peligro de encasillarse de nuevo.

Por otro lado, la inclusión de la siempre talentosa Chloë Grace Moretz como la intrépida Shelby es una las mejores incorporaciones al elenco, no obstante su soltura en cámara no es suficiente para consolidar un personaje algo falto de personalidad desde un principio. Esto se hace más evidente cuando se lo compara con la poca participación que tiene esta vez Dave Franco, uno de los puntos fuertes de la primera entrega y que ahora cuenta con un espacio por demás reducido dentro la historia.

Fuera del plano actoral, es curioso ver que una película de este tipo sitúe al sexismo en un lugar preponderante y que a su vez sea algo de lo que los personajes se encarguen de hacer notar en todo momento. Dentro de un contexto histórico en donde se favorece la reivindicación de la igualdad de género, esta pequeña declaración de principios cumple en equiparar los estereotipos negativos masculinos al retratar a los personajes femeninos con las mismas actitudes groseras y sexualmente activas que las que se suelen asignar a los hombres, y sin ningún tipo de juicio de valor al respecto. Un pequeño granito de arena frente a la doble moral con la que se representan los sexos.

Neighbors 2 es el equivalente a un placer culposo para los que disfrutamos de una comedia chabacana de vez en cuando. De todas formas, detrás de los chistes fáciles y un argumento inverosímil, se puede encontrar un trabajo de relojería capaz de convertir el gag más básico en una sumatoria de ocurrencias más complejas apreciadas en conjunto. Porque a pesar de pertenecer a un subgénero bastardeado dentro de la comedia, esta secuela es algo más de lo que aparenta a simple vista.






Reseña publicada originalmente el 17 de Junio de 2016 en Proyectorfantasma.com.ar

miércoles, 8 de junio de 2016

Crítica: Crespo (La continuidad de la memoria) (2016) Dir. Eduardo Crespo


La evocación del recuerdo


La memoria nunca funciona de manera lineal cuando se quiere recordar algo. Sino que se compone de fragmentos y porciones sobre distintos detalles para poder dar forma a un recuerdo que siempre termina siendo la representación caprichosa de lo que quisimos ver en ese momento. Es una dicha que nos ayuda a tapar los baches del olvido y al mismo tiempo nos obliga a pasar por alto el rigor de los hechos cuando dejamos atrás los criterios inocentes con los que mirábamos el mundo cuando éramos chicos.

Esta metodología tan compleja para revivir el pasado es la que hace sea tan complicado explicar un recuerdo; Y es la misma por la que Crespo (La continuidad de la memoria) se define como una propuesta que difícilmente se pueda descubrir fuera del ámbito de un festival, si no se está familiarizado conindie del cine argentino. Contando con un más que cálido recibimiento en el último BAFICI, su director Eduardo Crespo(Tan cerca como pueda, 2012) se las ingenia para concebir un documental — si es que no se le puede clasificar como ensayo — digno del género más asertivo para definir al cine como forma de expresión absoluta y genuina, dispuesto a la catarsis de temáticas como la infancia, la escuela, los padres, el lugar de pertenencia, y en definitiva la identidad constituyente en la que cada uno tendría un libro (o muchos) para contar con entusiasmo y dedicación su propia historia.

La ocurrente presentación del director al afirmar que se apellida Crespo, nació en Crespo (Entre Ríos) y que ahora vive en Villa Crespo (Buenos Aires), es lo que nos introduce al autodenominado experimento con el que intentará recorrer el pueblo en el que creció y sus orígenes. Una tarea que a simple vista parece un mero panfleto turístico de la ciudad con su tradición avícola y sus modestos atractivos, pero que no tardará en convertirse en la evocación del recuerdo de su padre como figura ilustre del lugar y modelo inalcanzable de admiración. Una relación primaria lo suficientemente fuerte y significativa para que se deje llevar emocionalmente hasta el punto de convertirse él en su propio objeto de estudio.

“Los hijos guardan secretos en el espacio y los padres en el tiempo”, sostiene Crespo mientras analiza con la cámara cada libro, adorno o foto familiar como si quisiera encontrar la esencia incompleta de su niñez, expresada a través del amor y el recuerdo de los que ya no están. De esta manera, el autor se analiza a sí mismo a partir de las imágenes y no al revés. Algo que también se ve representando, en tanto cada paisaje de la tímida geografía entrerriana testimonial del principio comienza a cobrar un sentido poético cuando se lo mira con los ojos del director.

Crespo (La continuidad de la memoria) es un viaje introspectivo que tranquilamente puede ser asociado con la mecánica caótica que utilizamos para armar el complejo rompecabezas de la memoria. Una serie de recuerdos confusos y sin estricta relación con los que aparentemente Crespo logra resignificar su genealogía, a la par que consolida su identidad como director.

Una fórmula interesante para comprender el pasado, presente y futuro de un individuo desde lo psicológico hasta lo cinematográfico.




Crespo (La continuidad de la memoria) se proyecta todos los sábados de junio y julio, a las 20hs, en el MALBA (Figueroa Alcorta 3415).




Reseña publicada originalmente el 8 de Junio de 2016 en Proyectorfantasma.com.ar

martes, 7 de junio de 2016

Crítica: Tortugas Ninja 2: Fuera de las sombras (2016) Dir. Dave Green


Michael Bay tenía razón


Pocas franquicias han sido tan frívolamente explotadas como lo fueron Las Tortugas Ninja durante gran parte de la década del 90 hasta el presente. Desde la ampliamente conocida serie de animación, pasando por películaslive-action, juguetes de todo tipo, video juegos, musicales (si, musicales) y hasta nefastas entrevistas en vivo con actores disfrazados para un sinnúmero de programas de televisión. Cualquier producto de dudosa calidad sigue siendo rentable para promocionar el indudable carisma de estos personajes y su afición por la pizza y las artes marciales. No obstante — a pesar de haber aparecido hasta en la sopa — la llegada de Michael Bay como productor delreboot de la saga (Teenage Mutant Ninja Turtles, 2014) es actualmente tomada como la verdadera caída en desgracia de una licencia que viene a los tumbos hace rato.

Parece increíble que haya llegado el momento de justificar a Michael Bay en algo (si tenemos en cuenta que su influencia en el cine se basa únicamente en billetes y explosiones), pero luego del largo prontuario que recorre a las tortugas desde su primera aparición como cómic parecería un poco injusto señalar al director de Transformers como el máximo culpable del declive. Y más todavía cuando esta secuela podría ser la representación más pura de una nostalgia mentirosa.

En esta ocasión, los hermanos Leonardo, Donatello, Rafael y Michelangelo (voces de Pete Ploszek, Jeremy Howard, Alan Ritchson y Noel Fisher) vuelven a luchar contra el temible Shredder (Brian Tee), aunque esta vez acompañado por el alienígena dictador Krang (Brad Garret) y su fórmula química capaz de crear soldados mutantes para dominar el mundo. Es así que con la ayuda de la periodista April O’Neil (Megan Fox) y el novato policía Casey Jones (Stephen Amell, de la serie Arrow) deberán defender al planeta de una inminente invasión interdimensional, al mismo tiempo que enfrentan los prejuicios de los seres humanos por su grotesca apariencia.

Haciendo frente a las forzadas reinterpretaciones maduras que tanto están de moda, Tortugas Ninja 2: Fuera de las sombras (2016) intenta sostenerse a base de una impronta intencionadamente caricaturesca y desenfadada puesta al servicio de emular la esencia kid-friendly con la que crecieron la mayoría de los fanáticos, en vez de homenajear el estilo gore de los personajes en sus comienzos como historieta. Esto se hace más notorio cuando descubrimos que el argumento es meramente una excusa para situar a los protagonistas en escenas de acción desenfrenada.

Por sobre esto, la narrativa Inevitablemente termina resultando básica, dividiendo didácticamente la historia en porciones que bien pueden resumirse como bloques televisivos. Algo que se combina con la casi inexistente explicación sobre los planes o motivaciones de los villanos y la constante aclaración de todo lo que sucede en pantalla. Por otro lado, tanto Shredder, April O’Neil y Casey Jones (los únicos personajes principales físicamente tangibles), son los menos desarrollados y carentes de personalidad en un elenco que no se destaca por su profundidad. En casos puntuales, hasta llegan a ser moldes vacíos en los que Megan Fox y Stephen Amell se calzan para acompañar la trama sin temor a desentonar.

Claramente todas estas características son propias de un film descuidado, libre de cualquier otra intención que no sea la de crear un artículo de consumo masivo y perjudicial para los seguidores que anhelan una adaptación a la altura del material original, y sin embargo parece que Bay y su equipo lograron inconscientemente recrear a la perfección nuestros más recónditos recuerdos de Las Tortugas Ninjas como simples vendedores de juguetes y golosinas.

Sólo un par de horas después de ver la película es que me di cuenta de que la serie que adoraba de chico nunca se caracterizó por sus argumentos complejos o el magistral desarrollo de sus personajes. Ni siquiera el estilo visual se destacaba en esos tiempos (con suerte se podían diferenciar a los protagonistas por el color de su antifaz). En esa época Las Tortugas Ninja frecuentemente funcionaban como una publicidad tradicional innata para la venta de merchandising, así que la locación forzada de marcas comerciales tampoco es algo nuevo. Entonces por qué existe tal indignación por la supuesta malinterpretación en el diseño y personalidad de un mundo que siempre fue igual de superficial y pueril. Probablemente sea nuestra incapacidad para reconocer que no todo lo que recordamos como sublime o de calidad indiscutible era tan perfecto como lo recordábamos.

Es muy difícil tener que darle la derecha a un director tan repudiable y a la vez imprescindible para la industria como es Michael Bay (aunque en este caso sea solamente productor) y decir que por primera vez su mirada no es errada, incluso de forma accidental y a partir de sus intencionales falencias. Me encantaría poder decir que Bay está equivocado, que sus inescrupulosos intereses económicos destrozaron la franquicia, que su incapacidad creativa es la mayor responsable de todos nuestros desengaños cinematográficos, pero indudablemente sería un necio. Porque si existe algo en lo que nosotros como público siempre caemos, es en pretender que el cine se proyecte como nuestro ideal de nostalgia.






Reseña publicada originalmente el 1 de Junio de 2016 en Proyectorfantasma.com.ar