sábado, 19 de agosto de 2017

Crítica: La Cordillera (2017) Dir. Santiago Mitre

La política descartable. La moral útil


“El mal existe señorita Klein, y no se llega a presidente si uno no lo ha visto un par de veces al menos”

Santiago Mitre es un director con suerte, de esos que poseen una mirada punzante como pocos sobre la actualidad política y social, y que al mismo tiempo parecen tener la habilidad de llegar siempre en el momento oportuno con sus producciones. Un director joven, con una carrera tan corta como meteórica dentro del cine argentino que, contando únicamente con dos largometrajes en su haber – sin contar sus colaboraciones como guionista – pudo forjar un renombre lo suficientemente considerable para que lo dejen manejar elencos y presupuestos envidiables.

Es así que parte de esa potente visión crítica sobre el poder que se veía en El Estudiante (2011) y la visceralidad cruda de la que hacía gala La Patota (2015), se ve ahora reflejada en lo que es La Cordillera: Un producto netamente coyuntural, salido del entramado más profundo que habita en la fauna política argentina su versión más hipócrita y cínica. Y que hoy más que nunca se encuentra en eterna discusión.

Aunque nada de esto sería relevante, sino fuera porque el guion de Mitre – coescrito nuevamente con Mariano Llinás – combina a la perfección el drama familiar con el Thriller político y psicológico. Una mezcla que por momentos parece dos films por separado, unidos solamente por sus personajes principales, pero que va tomando forma hacia el final, hasta convertirse en dos partes de un mismo análisis sobre los límites éticos y morales.




La elección de la locación no es casual. Tampoco el contexto. El recientemente electo presidente argentino Hernán Blanco (Ricardo Darín) y toda su administración se enfrentan a su primera prueba de fuego en la cumbre latinoamericana de presidentes que se realiza en plena Cordillera de Los Andes, del lado chileno. Casi en medio de la nada, incomunicados del mundo, los principales mandatarios de la región se reúnen para discutir el futuro de una posible alianza petrolera, con el presidente brasileño a la cabeza como líder de opinión en el bloque. Y es allí donde Blanco tiene que pisar fuerte para acallar las dudas que se insinúan desde la prensa argentina y la opinión pública sobre su falta de carácter.

Desde un principio, los intereses comerciales cruzados y el juego de egos toman un papel preponderante en el intercambio que se da lugar durante la trastienda de la cumbre. Rápidamente el eje de la discusión termina siendo el ingreso de las empresas privadas (con Estados Unidos de forma encubierta) a la alianza, impulsado por el presidente mexicano, o la moción de mantener la soberanía petrolera como un proyecto exclusivamente estatal y público tal como pretende el proteccionista gobierno brasileño. Es así que toda la responsabilidad para este definir empate, y a su vez el futuro de la economía regional, recae en Blanco, quien se reúne en secreto con algunos y se debate entre las ventajas que existen de alinearse con uno u otro.

Sin embargo, sus objetivos primordiales cambian desde el momento que cae una denuncia por malversación de fondos públicos, de hace diez años, iniciada oportunamente por el ex marido de Marina (Dolores Fonzi), la hija del presidente. Por ahí aparece la frase `Nosotros no éramos gobierno en ese momento’, como para despertar más suspicacias en medio de la discusión sobre cuál es el próximo paso a seguir en esta investigación. No obstante, para evitar una potencial catástrofe en su imagen pública – y más todavía porque la denuncia resulta ser verdadera – Blanco y su círculo íntimo, comandado por su leal consejera y secretaria Luisa Cordero (Érica Rivas) y el calculador jefe de gabinete Mario Castex (Gerardo Romano), deciden que la mejor alternativa es traer a Marina para saber hasta qué punto está involucrada en todo esto.

Pero sucede que Marina no es una mujer emocionalmente estable, y la presión anímica que la envuelve termina desencadenando un episodio violento que condiciona gran parte del plan estratégico de Blanco, en un momento trascendental del comienzo de su gestión. De esta manera, no solamente entra en discusión la eterna disputa sobre el rol de lo público y privado como ideología política, sino también la influencia del entorno familiar de un mandatario a la hora de tomar decisiones en un escenario como es la cumbre, donde la devolución de favores y la batalla de intereses se unen al conflicto personal con su hija.



El notorio paralelismo que existe entre el argumento de La Cordillera y la cotidianeidad política, se deduce como algo más que un simple guiño al público argentino, entre referencias y similitudes a viejos conocidos de nuestra historia reciente – incluso se insinúa que la presidencia tiene cuentas en Barbados, Panamá Papers aparte –, a la vez que convive con la impronta cínica y despiadada que caracteriza a programas como House of Cards o Scandal.

Una trama de poder y especulaciones que en determinado momento se ve interrumpida para dar paso a un corte mucho más reflexivo, más cercano al suspenso psicológico, con elementos esquizoides que llevan a dudar de la verdad que aseguran sus personajes. Un giro inesperado que da la sensación de estar viendo dos historias aparentemente inconexas, pero que mágicamentese unen para ayudar a descifrar una sola incógnita: Quién es Hernán Blanco.

Desde el comienzo del film que Mitre deja en claro que el personaje de Blanco esconde mucho más de lo que dice ser. Un personaje misterioso, incluso para sus allegados dentro del gabinete. Pero en ese aspecto enigmático radica uno de los mayores atractivos de La Cordillera, en ir descubriendo capa por capa ese pasado turbio que el presidente, y el mismo argumento, se encargan de dejar a libre interpretación.

Blanco es tan inexplicable que resulta imposible atarlo a ningún partido ni inclinación definida, como parte de una construcción de personaje profunda que resulta como mínimo bienvenida en un país tan politizado y bipartidista. Posee tenores del peronismo y a su vez rehúye del populismo. Viene del interior, pero de una de las provincias menos pobladas e industrializadas como es La Pampa. Y a su vez logra ganar las elecciones (se intuye que con un escaso margen) manteniendo una imagen pulcra y ordinaria, de hombre común, como identificación perfecta del electorado. Un tipo cualquiera y accesible, que al mismo tiempo se diferencia de la plebe al afirmar que `El hombre común no lee a Marx´, porque él no es un hombre común, y él si lee a Marx. Un auténtico estratega con disfraz de ciudadano, consciente de hasta donde puede torcer sus convicciones para poder gobernar.



La Cordillera destaca prácticamente en todos los aspectos cinematográficos, respetando el verosímil hasta en el más mínimo detalle de los protocolos institucionales, y haciendo valer su presupuesto en imágenes imponentes de la Cordillera de Los Andes brillando en su inmensidad, y en actuaciones de primer nivel internacional que ponen en lo más alto al cine argentino.

No cabe duda que para la realización y apreciación de un film como este, es prácticamente imposible dejar al margen cualquier disposición partidaria – o lugar asegurado en la dichosa grieta –, y mucho menos en pleno período electoral. Sin embargo, lo más destacable de Mitre y Llinás es que se puedan dar el lujo de rodar una película sobre un presidente argentino, en una época por demás politizada, integrante de una historia ficticia con varios guiños sensibles a la cotidianeidad política argenta, y salir indemnes de cualquier encasillamiento que pueda empañar su mirada crítica e incisiva. En otras palabras, hablar de la cuestión política desde su definición más obscena, la que parte del poder como moneda de intercambio, y del bien y el mal como meras utilidades fuera de los límites de una supuesta moral, no es algo que pueda ser bien visto por todos los sectores políticos referenciados. A fin de cuentas, estamos hablando de la corrupción en las altas cúpulas del poder.

La Cordillera podrá remitir a las montañas nevadas en las que transcurre la historia, o al fino equilibrio entre el bien el mal que se sostiene a lo largo del argumento. Lo que si queda claro es pocas veces existen blancos o negros en la política, siempre hay grises.





Artículo publicado originalmente el 17 de Agosto de 2017 en Proyectorfantasma.com.ar

lunes, 3 de julio de 2017

Crítica: No toques dos veces (2016) Dir. Caradog W. James

Figurita repetida


Partiendo desde la naturaleza sobre-explicativa del título, No toques dos veces es otra muestra más de una tendencia que ya comienza a ser repetitiva dentro del género de terror: la vertiente sobrenatural folclórica. Esa que mediante sucesos inexplicables y una larga lista de leyendas urbanas plantea que nunca hay que molestar a los demonios, espíritus rencorosos y brujas de turno, si no se quiere afrontar un destino trágico. Sin embargo, una tradición que produjo obras de culto como Candyman (1992), y que se traslada hasta hoy con referentes como Insidious (2010), Oculus (2013) y The Babadook (2014), le queda grande al nuevo film del director galés Caradog James.

La historia se sitúa en el reencuentro de Jess (Katee Sackhoff), una ex drogadicta en recuperación, y su hija adolescente Chloe (Lucy Boynton) con la intención de recuperar su relación. En un primer momento, las emociones encontradas y algunos resentimientos del abandono hacen que la reunión de ambas quede trunca. No obstante, cuando la joven desata la furia de un espectro vengativo (casualmente tocando dos veces la puerta de la casa que alguna vez habitó) y acontecimientos extraños comienzan a suceder a su alrededor, será el pánico de Chloe lo que la obligará a regresar a la casa de su madre en busca de ayuda y hacer frente a la entidad siniestra que la persigue.

El principal problema por el que No toques dos veces no llega a brillar como se esperaría, no se relaciona con una potencial mala representación de la estética lúgubre y supersticiosa, imprescindible en una producción de este tipo de sub-género. Es más, su atmósfera oxidada y claustrofóbica favorecen el sobresalto por encima de cualquier sonido estridente. Tampoco la existencia de personajes olvidables dispuestos únicamente para morir en manos de la presencia demoníaca, ya que precisamente la mecánica madre/hija de Jess y Chloe lidiando con su pasado es uno de los pocos puntos fuertes de la película. Incluso la mitología eslava en la que está basado el film es lo suficientemente interesante para querer conocer aún más, a medida que se van descubriendo más detalles de la leyenda del demonio Baba Yaga. Ninguno de estos factores.



Su verdadero problema radica en la pobre conjunción de una historia confusa (con varias vueltas de tuerca innecesarias) y el descuido de mostrar mucho durante la construcción del suspenso y demasiado poco durante el esperado climax. Este desbarajuste genera que la intensidad decaiga en determinados momentos y que inevitablemente derive en que el film se haga redundante hacia su final, intentando sorprender de cualquier manera al espectador. Algo que, sumado a la falta de resolución en ninguna de sus dos subtramas (la relación problemática de Jess y Chloe y la venganza sobrenatural), planteadas como dos pasajes sin casi relación entre sí, hace que el argumento cese repentinamente sin responder ninguna de las incógnitas propuestas, imponiendo otras nuevas como si fuera el primer capítulo de una miniserie más que una película.

Poco es lo que se puede rescatar de esta fórmula genérica dentro del género del terror, en aspectos como su ambientación y algunas ráfagas de creatividad en su premisa, cuando solo quedan las buenas intenciones. No toques dos veces termina siendo otra película del montón a pesar de las claras intenciones de los productores para dar pie a una secuela.






Artículo publicado originalmente el 23 de Junio de 2017 en Proyectorfantasma.com.ar

jueves, 22 de junio de 2017

Review: Master of None: Temporada 2 (2017)

El optimismo como bandera


Existe algo tan especial, tan elocuente, tan… cautivador en la manera en que Dev (Aziz Ansari) ve al mundo y los que componen su sencillo universo, que incluso una simple comida en un bodegón mediterráneo o un paseo por el Central Park con esa media naranja perfecta llamada Francesca (Allesandra Mastronardi), se convierten en una especie de momento mágico y único, de esos que trascienden la simple ficción y llegan al corazón como la anécdota mejor contada.

Master of None, la comedia creada por Aziz Ansari y Alan Yang para el servicio Netflix, fue uno de esos hallazgos poco promocionados entre la vorágine de grandes éxitos que nos tiene acostumbrados todos los años el gigante del streaming, y a su vez un poco de aire fresco en la abundancia de comedias cínicas y personajes odiables, cómicamente repulsivos. Una serie que, por fuera de su impronta cercana al stand-up (ambos guionistas principales son referentes en ese ámbito), es principalmente bella desde su estética y su poética, en su optimismo genuino más que por sus comentarios mordaces o situaciones delirantes.

Si bien, ya desde su primera temporada en 2015 el formato demostraba un ingenio fuera de lo común a la hora de abarcar ciertos temas como la religión o las relaciones, y especialmente en la manera sutil de representarlos como una parte más de un todo en la vida de un treintañero en Nueva York — con gran influencia del Woody Allen de Manhattan y Annie Hall — , es su esperada segunda entrega la que hace que se distinga aún más esta lucidez para interpretar el día a día como una serie de experiencias, y no de conflictos que deriven necesariamente en risas o en drama.



Tres meses pasaron desde que el protagonista, Dev Shah, dejó momentáneamente su carrera como actor publicitario para embarcarse en un viaje espiritual y culinario por la Italia rural de los viñedos y las pastas caseras. Pero más de allá de la curiosidad inquieta e inocente de Dev por aprender a preparar sus fideos favoritos, es la separación con su novia Rachel (Noël Wells) lo que hace que este tiempo lejos del vértigo neoyorkino sea más un encuentro consigo mismo, una búsqueda interior sobre el camino a seguir en un momento en el cual la idea de sentar cabeza comienza a acechar.

Si Dev era, durante la primera temporada, un personaje con bastantes dudas en cuanto a sus deseos y expectativas en relación al sexo opuesto y su vocación como actor, esta continuación directa nos presenta una incertidumbre todavía más pronunciada en cuanto a la toma de decisiones y el temor a arriesgarse por lo que uno quiere. Este es un dilema que recorre la mayor parte de los nuevos episodios.

Incluso desde el punto de vista artístico parece que la serie intenta ser más osada y aventurarse en nuevos estilos y enfoques sobre las mismas inquietudes de siempre: el amor, la amistad, o cuál es el mejor restaurant de tacos de la ciudad.

Ya desde el primer capítulo con la elección de una estética en blanco y negro, en clara referencia al film Ladrón de bicicletas del italiano Vittorio de Sica, hasta la genialidad de algunos capítulos individuales como New York, I Love You — una carta de amor perfectamente escrita a la impredecibilidad de la ciudad más cosmopolita del mundo –, Thanksgiving — que transita por distintas cenas de acción de gracias a lo largo de los años para profundizar en la relación de Dev y su amiga Denise (Lena Waithe), en pleno proceso de asumir su homosexualidad frente a su familia — o First Date — que compila varias primeras citas (y sus respectivos finales entrelazados) como la radiografía perfecta de la nueva era de las aplicaciones como Tinder –, que el programa hace plena su intención de dar un paso adelante que lo diferencie de las demás comedias de situación.



De todas formas, el principal hilo argumental que dirige a esta segunda temporada es la inclusión de Francesca, una simpática italiana que rápidamente se convierte en el interés romántico de Dev, pero que como en cualquier otra historia de amor resulta que está comprometida con otro hombre, a pesar de ser claramente el alma gemela del protagonista. Un recurso bastante repetido que, sin embargo, al ser visto a través de la vulnerabilidad y la empatía de Aziz Ansari parecer ser la confesión de un amigo, más que un lugar común de la ficción.

De esta manera, y aprovechando la gran simpatía que irradian ambos personajes como pareja, es que el show se atreve a poner en pausa cualquier otra historia paralela, y tomarse el tiempo necesario para finalizar como corresponde esta serie de desencuentros entre Dev y Francesca.

Aunque sesenta minutos (en un formato que no acostumbra a tener episodios de más de media hora) no basten para poner un cierre definitivo al romance, la mera intención de conceder una impronta más sensible y emotiva a este enamoramiento compensa la falta de resolución en otros aspectos de las tramas secundarias. Algo que ya de por si denota la naturaleza melancólica del programa.



Después de dos temporadas tratando los problemas existenciales del adulto moderno y sus dificultades para encontrar un rumbo propio, Master of None parece que no tiene mucho más que contar sobre los pormenores de ser soltero en Nueva York para una hipotética tercera parte. Después de todo, el mismo Aziz Anzari afirmó que antes de pensar en continuar la serie, él debería cambiar como persona primero, a lo sumo casarse o tener un hijo para tener una mirada de las cosas totalmente distintas a la que tuvo hasta ahora.

Ningún dilema en la vida tiene una solución fácil, pero a pesar de que siempre la ficción haga que todo parezca mucho más simple, Master of None deja en claro que muchas veces la meta no es tan interesante como el camino. No cabe duda que al final el optimismo de Dev termina resultando contagioso.


Artículo publicado originalmente el 19 de Junio de 2017 en Proyectorfantasma.com.ar

jueves, 1 de junio de 2017

Crítica: Colossal (2016) Dir. Nacho Vigalondo

El monstruo interior


Las películas de monstruos — el llamado Kaiju japonés — se basan principalmente en mostrar la destrucción, el caos y los estragos de una ciudad presa por los ataques de bestias gigantescas. Es un género aparentemente discreto en cuanto interpretaciones, pero que en el mayor de los casos presenta al ser humano como poco más que un obstáculo insignificante frente al paso firme y devastador de estos seres primitivos. El gran protagonista es inevitablemente el monstruo y su instinto insaciable de derribar cualquier edificio, avión, tanque o monumento histórico de turno.

Sin embargo, si King Kong era en realidad la ejemplificación cabal del avance de la civilización y el desplazamiento del hábitat natural de los animales salvajes, mientras que Godzilla era la representación del miedo japonés a un nuevo bombardeo atómico post Hiroshima y Nagasaki, qué pasaría si la aparición de una de estas criaturas se debiera simplemente a la proyección de la angustia y la impulsividad de una persona autodestructiva.

Esta premisa freudiana y delirante es la que toma Colossal, el último film del español Nacho Vigalondo, para profundizar aún más la idea del demonio interior que todos llevamos dentro como una especie de materialización de los traumas emocionales. Acostumbrado a las producciones indies osadas y adepto a la ciencia ficción de bajo presupuesto, Vigalondo toma las bases del ya mencionado Kaiju para convertirlo en una comedia dramática en donde los monstruos son el resultado del alcoholismo y las relaciones problemáticas de la protagonista, Gloria (excepcional Anne Hathaway), una bloguera en decadencia y con graves problemas de autoestima en plena crisis de los 30.



La historia comienza en Nueva York cuando, tras otra borrachera sin sentido, el novio de Gloria (Dan Stevens) rompe con ella y la echa de su casa. Sin lugar a donde ir, Gloria regresa a su pueblo natal para vivir en la casa vacía de sus padres únicamente con un bolso, un colchón inflable y la culpa de ver como su vida va perdiendo el rumbo. Allí se encuentra con Oscar (Jason Sudeikis), un amigo de la infancia quien pronto la ayuda a comenzar de nuevo ofreciéndole un trabajo en el bar del que es dueño, pero más importante, recuperando su amistad y escuchando su catarsis. En cualquier otra película esto significaría el comienzo perfecto para una comedia romántica, pero por suerte el guión de Vigalondo tiene otros planes.

Al día siguiente, y con la resaca del reencuentro todavía presente, Gloria se entera que una enorme criatura apareció repentinamente en Seul generando el caos y destruyendo cuanto edificio tuviera por delante, para luego desaparecer sin explicación otra vez. Este suceso se repite todas las noches y el pánico de la capital surcoreana se apodera de todas las cadenas de noticias tratando descubrir las razones por las que este ser humanoide apareció precisamente allí y el porqué de su comportamiento tan errático. De todas formas, no pasa mucho tiempo hasta que Gloria se da cuenta horrorizada que la conexión que la une a este monstruo forma parte de su pasado y que es ella misma quien lo controla sin darse cuenta.

A esta altura la metáfora sobre el alcoholismo y sus consecuencias es bastante evidente, incluso sin hacer que la protagonista emprenda un viaje espiritual sobre la explicación real de la existencia de esta criatura, el film prefiere dedicar su tiempo para hacer hincapié en lo que significa ese lado oscuro en la personalidad de Gloria y en la manera que esto afecta a su círculo. Algo muy acertado y más interesante que el verdadero origen del enlace y la elección de Seul en particular como escenario. Es así que cuando el argumento devela eventualmente este misterio ya resulta innecesario y casi redundante, teniendo cuenta que la excelente narrativa y las analogías del Kaiju con la autodestrucción emocional ya son suficientes para comprender lo que sucede en su cabeza.



Esto justamente es en lo que se destaca el film, en la naturalidad con la que se toma esta premisa absurda y se convierte en un análisis de las emociones mucho más profundo de lo que parece a simple vista. Anne Hathaway interpreta uno de los mejores papeles de su extensa carrera y dota a Gloria de una sensibilidad entrañable con la que trata de salir adelante en el desorden que generan sus decisiones, pero sin dejar de lado su independencia como personaje femenino.

En este caso, lo mejor de su interpretación es la forma en la que se hace cargo de sus errores, mostrando una independencia poco común en el cine a la hora de pedir ayuda, como también para afrontar la idea de que ella es la mayor responsable de sus problemas. Algo que rivaliza de gran manera con la impronta de Sudeikis, que por fuera del encasillamiento de su época SNL, aquí desarrolla con solvencia un personaje conformista y potencialmente resentidopor la frustración de nunca haber perseguido sus metas.



La complicada relación de ambos protagonistas es el principal recurso en el que se apoya Vigalondo para que algunas escenas cobren una magnitud demoledora, tal como sería ver a un gigante destruyendo torres a su paso, pero mostrando la fragilidad emocional de sus personajes. Un recurso por demás original para re-imaginar un género fantasioso y marginado como es el de monstruos, en una deconstrucción de la comedia romántica, la complejidad de las relaciones humanas y el machismo tóxico.

Posiblemente la idea de que un lagarto o un robot gigante aparezcan espontáneamente para destruir ciudades enteras pueda resultar demasiado irreal para algunos, aunque no está de más que Colossal invite a pensar por un momento que el monstruo se encuentra mucho más cerca de lo que creemos.


Crítica publicada originalmente el 1 de Junio de 2017 en Proyectorfantasma.com.ar

domingo, 7 de mayo de 2017

Crítica: Pinamar (2016) Dir. Federico Godfrid

Volver a casa


Los balnearios fuera de temporada tienen ese dejo nostálgico propio del que sólo los visita en verano. Un escenario melancólico, gris y deshabitado capaz de rescatar recuerdos de la niñez, como también de forzar reencuentros y concretar amores perdidos. Por eso, no es casual que el director Federico Godfrid, como tantos otros en el nuevo cine argentino y latinoamericano, haya elegido la costa en invierno como testigo para contar una historia simple y emotiva, de esas que interpelan al espectador desde la identificación y la fibra sensible con una sencillez que conmueve.

Pinamar narra el regreso de Pablo y Miguel (Juan Grandinetti y Agustín Pardella), dos hermanos de veintipocos, a la ciudad costera con la intención de dejar allí las cenizas de su madre y cerrar de alguna manera el luto vendiendo el departamento en el que tantos recuerdos de vacaciones quedaron guardados. Sin embargo, no pasará mucho tiempo para que los roces entre hermanos comiencen a aflorar, a la par que reaparecen lugares, fotos y amistades que aluden a tiempos más felices, siendo la presencia de Laura (Violeta Palukas), un viejo amor de ambos en la adolescencia, lo que genere el mayor quiebre entre ellos.

“Yo no vine a pasarla bien”, le dice Pablo a su hermano cuando este lo incentiva a pedir parte de enfermo en el trabajo, y así descansar unos días más. La diferencia en la manera en que cada uno sobrelleva el dolor de la pérdida es lo que marca dos personalidades radicalmente opuestas, reflejadas en la actitud introvertida y contemplativa de Pablo y la espontaneidad y verborragia de Miguel. Algo que incluso se complementa en los momentos que Laura está cerca, generando una tensión sexual de la que ninguno se hace cargo.

Godfrid demuestra en su primera película en solitario — ya había codirigido con Juan Sasiaín La Tigra, Chaco (2009) — que la dirección de actores es su fuerte. Es así, que entre la gestualidad de Grandinetti y Pardella como partícipes de una dinámica de hermanos tan natural como entrañable, y la impronta solitaria de una Pinamar fantasmal, detenida en un invierno eterno y nostálgico, se construye una pequeña historia sobre la importancia de los vínculos y la dificultad de emprender nuevos comienzos. Pero fundamentalmente en la magia de decir mucho con tan pocos recursos es lo que hace que Pinamar sea tan disfrutable.




Crítica publicada originalmente el 5 de Mayo de 2017 en Proyectorfantasma.com.ar

Crítica: Guardianes de la Galaxia Vol. 2 (2017) Dir. James Gunn

La segunda vuelta


En la actualidad, parece que no hay nada más condenable que una historia de superhéroes que se toma demasiado en serio a sí misma. Sólo hay que ver cómo DC continúa buscando su propio camino cinematográfico para darse cuenta que la impronta oscura y solemne de Zack Snyder va perdiendo de a poco su carisma. Asimismo, probablemente sea esa una de las razones por las que Guardianes de la Galaxia se haya convertido en un éxito instantáneo – uno de los tantos que acarrea Marvel – cuando desembarcó en los cines hace ya tres años.

Escenas de acción coreográficas combinadas con un torbellino de CGI, diálogos autorreferenciales y una banda sonora excepcional acorde con la nueva ola de nostalgia ochentosa, aseguraban que la nueva IP del gigante comiquero llegara para quedarse. Sin embargo, siempre es difícil repetir el componente sorpresa cuando se trata de una secuela, y eso es de lo que sufre justamente este Vol 2. Un bis, un rencuentro tan esperado con estos personajes tan carismáticos, como también exigente a la hora de subir aún más la vara de calidad.

Las nuevas aventuras del equipo liderado por Peter Quill (el paródico Star Lord de Chris Pratt) y secundado por la guerrera Gamora (Zoe Saldana), el ingenuo Drax (Dave Bautista), el revoltoso Rocket (Bradley Cooper) y – el ahora devenido en víctima del marketing – baby Groot (Vin Diesel), empieza de la misma forma caótica que sus disímiles personalidades: Con una batalla épica frente a una bestia de proporciones colosales. Sin mucho contexto y con Mr. Blue Sky de Electric Light Orchestra a todo trapo, esta introducción presenta una plena declaración de intenciones del director James Gunn para garantizar que el estilo dinámico y desenfadado de la primera parte se mantendría intacto. Y, a decir verdad, la mayor parte del tiempo lo logra.



El primer cambio rotundo que se nota en esta segunda entrega de Guardianes de la Galaxia es el papel preponderante que toma el rol de la familia, los lazos fraternales, y es lo que se plantea como principal hilo argumental. Si el primer film pretendía ahondar en la formación del grupo y en la manera en que se desarrollaría la confianza mutua de los protagonistas, en esta ocasión el eje estará puesto en probar la fortaleza de esta amistad y sus vínculos.

Algo que se obtiene sencillamente gracias al encanto conjunto de los personajes, esa cualidad de poder disfrutar cada una de sus interacciones como si se tratara de una eterna discusión entre amigos. Pero que queda en segundo plano a medida que el guión decide separarlos con la intención de bifurcar la historia, y así profundizar algunos demonios internos del pasado de cada uno de ellos. Una idea más que bienvenida, pero que en gran parte del argumento (digamos 2/3 de la película) queda a mitad de camino, dando lugar a varios conflictos individuales, que, sumado a la incorporación de varios nombres secundarios de peso, termina diluyendo la excelente química en pantalla con la cual el elenco se ganó nuestra simpatía en primer lugar.

No obstante, a pesar de que el ensamble no sea continuo a lo largo del film, es el cariño hacia estos héroes inoportunos lo que posibilita que estos pasajes en solitario funcionen para profundizar sus miedos y motivaciones. Una evolución en sus caracteres que, por un lado resulta atractivo al proponerse complejizar la naturaleza rebelde del conjunto, pero que significa resignar parte de la genial complicidad de sus personajes en el intento.



Dicho esto, es precisamente durante los minutos finales que esos momentos reflexivos, aparentemente discontinuos en la acción y dinámica grupal, convergen para crear una de las conclusiones más emotivas que una película de Marvel pudo haber dado hasta ahora. Un cierre a la altura de sus protagonistas, capaz de reafirmar la unión del equipo y de llevarlos al límite de afrontar las consecuencias de sus hazañas. Nada que no se haya visto antes, aunque pocas veces desarrollado en el género de superhéroes.

Como condimento aparece la riqueza artística con la que el Vol. 2 despliega su universo visual, lleno de vida y color, incluyendo influencias psicodélicas de los 70’ y 80’ para recrear planetas inhóspitos y seres con apariencia lisérgica que enriquecen la variedad del ecosistema en el que viven los protagonistas. Y todo esto acompañado de una banda de sonido soberbia e interminables referencias a la cultura pop como marca registrada, que apelan tanto a la complicidad del fanático como a la del público ocasional.

Guardianes de la Galaxia Vol. 2 es una más que digna continuación a la expectativa que supo crear el primer film con un estilo osado más que propio. Aunque no por eso, sin dejar de lado algunos problemas de ritmo y desarrollo narrativo que la ponen por debajo de su predecesora. Un capítulo más en la mitología que tampoco pretende ser asociado a cualquier otra película del universo expandido (a fin de cuentas, todo se relaciona en el mundo Marvel), pero que funciona por si solo a través de su elenco y su facilidad para moverse entre la acción más desenfrenada, la comedia, e incluso la emotividad con solvencia. Acaso su peor defecto puede que sea su condición de segunda parte, quedando siempre peor parada en la eterna comparación. De eso no hay dudas, las sorpresas solo se dan una vez.




Crítica publicada originalmente el 3 de Mayo de 2017 en Proyectorfantasma.com.ar

viernes, 7 de abril de 2017

Crítica: Maracaibo (2017) Dir. Miguel Ángel Rocca

El espiral de la culpa


Lejos de la impronta de policial o thriller con la que fue mayormente promocionada, Maracaibo es — o intenta ser — una aproximación sensible y emotiva de los eternos desencuentros entre padres e hijos en pleno proceso del camino hacia la adultez, y el inminente nido vacío. La dureza con la que el drama íntimo se presenta en este tercer largometraje del director y guionista Miguel Ángel Rocca es algo netamente conmovedor, un componente emocional que se remonta a su segundo film La Mala Verdad (2010), dejando en evidencia los secretos y tabúes de una familia aparentemente ideal.

Jorge Marrale y Mercedes Morán son Gustavo y Cristina, un matrimonio de médicos de clase media acomodada con pocas preocupaciones cotidianas y el orgullo de tener a su hijo Facundo (Matías Mayer) a punto de recibirse en el campo del cine de animación. Sin embargo, una serie de sucesos harán que la concepción idílica de Gustavo con respecto a su vida se vea completamente alterada. En primer lugar, el descubrimiento de la homosexualidad de su hijo. Algo que lo perturba principalmente por ser el último en enterarse, señalando el desconocimiento y la lejanía de su vínculo padre e hijo, más que por un rechazo homofóbico.

Con la herida todavía abierta y sin poder abarcar el tema abiertamente con su familia, el conflicto interno de Gustavo empeora en el momento que dos ladrones irrumpen en su casa a punta de pistola. No obstante, lo que podría haber terminado en un simple robo se convierte en una tragedia cuando uno de los asaltantes dispara accidentalmente a Facundo y lo hiere de muerte. La desesperación y la angustia del luto provocarán que Gustavo se consuma en una procesión que menos se intuye que tiene que ver con la venganza y más con el sentimiento de culpa al no haber podido comprender a su hijo en vida, afectándole asimismo en la relación con su esposa y amigos.



Jorge Marrale se pone al hombro a un personaje desconsolado por la pérdida, pero reticente a demostrar debilidad. Cada silencio, cada gesto o mirada al vacío retratan el abatimiento de un hombre sin rumbo. Puntualmente en escenas donde se lo ve hurgando entre las pertenencias de su hijo como la única manera que encuentra para traerlo de vuelta, aunque sea a través de un recuerdo. Un sentimiento compartido con su mujer Cristina que, en la piel de Mercedes Morán, significa el único cable a tierra que lo aleja del aturdimiento y un elemento fundamental en la progresión emocional del protagonista.

De todas formas, el guión de Rocca co-escrito con Maximiliano Gonzalez decide desviarse del drama personal en determinado momento, para dar pie a un aspecto más ligado a la búsqueda de justicia y el ajuste de cuentas con los asesinos, perdiendo solidez en el intento, y desandando el camino intimista que tan bien se mostró en la primera parte. En estos compases de thriller, que tienen como protagonista a Nicolás Francella y Luis Machín como los culpables del crimen, es que sus participaciones resultan desaprovechadas en cuanto a contexto y lucimiento de sus personajes. En especial Machín y su facilidad para convertir pequeñas interpretaciones en momentos memorables.

Maracaibo es un film emotivo y doloroso, pero con un gran componente de reflexión sobre los vínculos familiares, la culpa y el eterno conflicto de lo no dicho antes que sea demasiado tarde. Una propuesta audaz que, si bien sufre de algunos desajustes en la fluidez de su segunda mitad y en todo lo relacionado a su faceta policial, tiene en sus momentos de introspección su mayor fortaleza y sensibilidad. Del pozo se sale acompañado parece decir Rocca, y la reconciliación con uno mismo es siempre el primer paso.




Crítica publicada originalmente el 7 de Abril de 2017 en Proyectorfantasma.com.ar